6/24/2011

Prueba de acceso

Fue la ilustración (de Jesper Ejsing) que encabeza esta entrada la inspiración para este relato. Sin embargo, en su primera versión, no me terminó de convencer como lo finalicé. Así pues, lo rehíce y obtuve otra versión (la definitiva) con un cierre muy diferente, además de algo más de acción. Les ofrezco seguidas las dos versiones de esta historia corta, a ver qué les parece. Cada una tiene su propio título, dado que el final las cambia el sentido totalmente. El primer relato es el que considero definitivo.

PRUEBA DE ACCESO

Como un enorme proyectil rojizo, el dragón se lanzó en picado sobre ella. Escupiendo su fuego azulado, la envolvió en un mar de llamas, carbonizando todo lo que tocaba. Excepto a la joven. Arrojada en el suelo, había sido protegida de ese aliento volcánico por los arcanos grabados en su ropa. En segundos, se puso en pie para preparar su rifle railgun, mientras la criatura volvía para hacer otra pasada.

Un pitido anunció que la carga eléctrica estaba lista. Justo a tiempo. Apuntó a la bestia, y esperó a que estuviera a tiro. Un latido. Otro. Otro. Vislumbró el cuerpo del dragón y apretó el gatillo. El sistema magnético del arma propulsó la bala mucho más rápido que el sonido y, tras restallar como un trueno, impactó con fuerza terrible en el hombro de la criatura. Rabiosa y dolorida, se alejó rugiendo, revolviéndose en el aire. La furia cegaba ya sus sentidos. No tendría piedad.

La mujer aprovechó para alcanzar un risco donde poder ver en todas direcciones. Mientras oteaba el horizonte, aumentó la potencia del arma, y hechizó la munición. Era un todo o nada, su protección ignífuga no aguantaría otro ataque como el anterior. Peor aún, no divisaba al dragón. ¿Donde se había metido?

En el último instante, sintió el aire silbar sobre su cabeza. ¡Mierda! Apenas pudo apartarse, y una garra atravesó su ropa, dejándola una fea herida en la espalda. El dolor la hizo clavar una rodilla en el suelo, pero no se dejaría derrotar así. Apuntó de nuevo, siguió con la mirilla al ser volador, e intuyó su siguiente movimiento.

El proyectil perforó la articulación de un ala, derribando al desprevenido dragón. Cayó cerca, y la tiradora corrió como pudo hacia él, disparando una y otra vez. Apenas eludiendo las llamas, logró que algunas balas afortunadas destrozaran el cerebro de la bestia. Gimiendo, ésta se desplomó sobre rocas incandescentes. La cazadora, agotada, intento mantenerse en pie, empuñando su daga. El corazón de esa mala bestia sería la impresionante llave que la permitiría entrar en la Orden de los Grifos del Norte.

LA CAZA DEL DESCARRIADO

Como un enorme proyectil rojizo, el dragón se lanzó en picado sobre ella. Escupiendo su fuego azulado, la envolvió en un mar de llamas, carbonizando todo lo que tocaba. Excepto a la joven, la cual, arrojada en el suelo, había sido protegida de ese aliento volcánico por los arcanos grabados en su ropa. En segundos, se puso en pie para preparar su rifle railgun, mientras la criatura volvía para hacer otra pasada.

Un pitido anunció que la carga eléctrica estaba lista. Justo a tiempo. Apuntó a la bestia, y esperó a que estuviera a tiro. Un latido. Otro. Otro. Vislumbró el cuerpo del dragón y apretó el gatillo. El sistema magnético del arma propulsó la bala más rápido que el sonido y, con un restallido, impactó con fuerza terrible en el hombro de la criatura. Rabiosa y dolorida, se alejó rugiendo, revolviéndose en el aire. La furia cegaba ya sus sentidos. No tendría piedad.

La mujer aprovechó para alcanzar un risco donde podía ver en todas direcciones. Mientras oteaba el horizonte, aumentó la potencia del arma, y hechizó la munición. Era un todo o nada, su protección ignífuga no aguantaría otro ataque como el anterior. Peor aún, no divisaba al dragón. ¿Donde se había metido?

En el último instante, sintió el aire silbar sobre su cabeza. ¡Mierda! Apenas pudo apartarse, y una garra atravesó su ropa, dejándola una fea herida en la espalda. El dolor la hizo clavar una rodilla en el suelo, pero no se dejaría derrotar así. Apuntó de nuevo, siguió con la mirilla al ser volador, y adivinó su siguiente movimiento.

La bala encantada atravesó como un papel la articulación de un ala, y provocó la caída del dragón. Estrellado cerca, la tiradora salió corriendo como pudo hacia él. Esquivando sus llamaradas, disparó una y otra vez, hasta que algunas balas afortunadas destrozaron su cerebro. La bestia se desplomó, manando sangre por sus heridas. Ella se acercó, renqueante, para sacarla el corazón con su daga. Sería prueba, triste y cruenta, de la ejecución de su envilecida montura.

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