9/06/2011

La conjura de las bestias

Es en un bosque, similar al ilustrado arriba por Alex Figini, donde imaginé que debería empezar la acción de este relato que les ofrezco hoy. Fue mi participación en el I Certamen de género fantástico: Descubriendo Nuevos Mundos, concretamente dentro de la categoría de relato largo. Huelga decir que la derrota ha sido completa, por lo que ahora ofrezco la narración aquí. Adelanto que intenté que fuera una aventura de fantasía épica, pero les dejaré a ustedes el juzgar si conseguí eso al menos. Para hacer más amena la lectura, he insertado las ilustraciones (obras de Kekai Kotaki) que me sirvieron de inspiración para los personajes que aparecen en el texto. Así pues, esta entrada de hoy es también una galería de imágenes. Por favor, no duden en dejar comentarios.

La conjura de las bestias

El bosque que cruzaban era de una belleza onírica, pero engañosa. Fragmentos ensangrentados de armas y corazas yacían desperdigados en las inmediaciones del camino, como heraldos siniestros de lo que acechaba por esos lares. Ante tan nefasta visión, el susurro metálico de las espadas al salir de sus vainas pareció alejar los malos pensamientos. Por un momento al menos.
Aquilea palmeó a Dardano en el costado, y éste la devolvió un leve gruñido. El hursuno, una muy particular especie de oso pardo criada por su pueblo desde tiempo inmemorial, caminaba erguido a su lado. Sus enormes garras y su presencia intimidaban al resto de mercenarios, excepto a un individuo espigado, que aparentaba no llevar armas, y a un joven con arco y espada.
Debían descubrir y atajar lo que había trastornado a los animales predadores de ese bosque, pues sus ataques a los pueblos colindantes estaban resultando brutales. La recompensa por conseguirlo era enorme, pero otros ya lo habían intentado antes y no se había vuelto a saber de ellos. La única pista parecía ser la extraña torre que había surgido, meses atrás, en las Montañas Afiladas. Aquilea, sin embargo, no participaba por el dinero exclusivamente. El Sabio Consejo de su nación la había enviado a descubrir si ÉL era el responsable y detenerlo, a cualquier precio.
–Invocaré una niebla que nos ocultará de muchas criaturas del bosque –dijo por sorpresa el hombre desarmado–, pero no de todas. Además, reducirá mucho nuestra visión.
–Dardano, delante mío –ordenó Aquilea con un ademán al hursuno, a la vez que se adelantaba al hechicero autorevelado–. Guerreros, rodeemos al brujo.

Aquilea y Dardano

La estrategia propuesta era obvia y sencilla. Nadie replicó y formaron un estrecho óvalo en torno al hombre. Sus corazones se aceleraban, mientras que el bosque enmudecía. Con un gesto de la mano, el nigromante los envolvió en una espesa niebla, sacrificando su visibilidad por la posibilidad de pasar advertidos en su tránsito por esa senda. Además, se obligaron a mantener silencio, pero alguien no aguantó mucho sin hablar.
–¿Están muy lejos esa ciudad abandonada?
Era el joven mercenario quien preguntó a Aquilea, en la voz más baja que pudo entonar. Ella le miró de reojo, intentando recordar su nombre. Ah sí, Luskabé, el buscavidas arquero.
–A este ritmo, demasiado –replicó ella de igual modo–. Calla y presta atención.
El joven iba a decir algo más pero se interrumpió, algo se aproximaba. De repente, un enorme lobo surgió por su lado, pero él y otro guerrero lo abatieron con mandobles certeros. Al mirar el cadáver, advirtieron sorprendidos como un escalofriante fulgor azulado se desvanecía en sus ojos. No tardaron en reanudar la marcha, como queriendo huir de esa visión sobrenatural.
Pero no tardaron en ser atacados de nuevo. Rugiendo a pleno pulmón, tres osos enormes asaltaron su retaguardia. En segundos destrozaron a dos mercenarios e hirieron a otro, que huyó perdiéndose en el bosque. Aquilea no miró atrás, pues Dardano intuía una presencia justo delante.
Atravesando el velo neblinoso, apareció un enorme oso negro fuera de sí. Fue directo por Aquilea, a la que lanzó un veloz zarpazo que apenas pudo esquivar. Dardano se arrojó sobre el animal, bloqueando su siguiente movimiento. Su habilidad se impuso al tamaño de su rival. Una llave y su portentosa fuerza bastó al oso guerrero para arrojar al otro al suelo, al que mató hendiendo sus garras en el pecho. A su vez, Aquilea corría para ayudar a los guerreros que luchaban contra las otras fieras atacantes. En ese breve lapso de tiempo ya habían caído tres hombres más.
Con un salto increíble, cortó la cabeza del oso más cercano. Apenas se había desplomado el cuerpo del animal, y la guerrera ya estaba seccionando los talones del segundo, al que remató otro mercenario. Al tercero lo enfrentó cara a cara, desviando sus zarpazos con su arma unos instantes. Finalmente, usando una finta con giro, le abrió el estómago y cercenó una de sus garras. Rugiendo de dolor, la bestia se irguió y Aquilea aprovechó para ensartar su corazón con la daga que llevaba en su cinto. Con las bestias muertas, los guerreros supervivientes quedaron como extasiados. Cuerpos destrozados de animales y hombres se entremezclaban en el suelo.
–¡Vamos! Hay que correr –Aquilea endureció su tono al hablar–. Nos están aniquilando.
Con parte de su cuerpo salpicado de sangre, parecía una autentica diosa de la guerra. Las piezas de armadura, que cubrían su cintura y extremidades, brillaban incluso en la neblina. Además, un cuerpo esbelto se adivinaba bajo la cota de malla. Sin embargo, su largo y abundante pelo rubio, recogido en trenzas abultadas, cubría en parte un suave rostro de mujer. No aparentaba el poder y la destreza que acababa de mostrarles, lo cual la hacía aún más temible y desconcertante. Sin decir más, alcanzaron al mago y empezaron a correr por el irregular camino.
La niebla se movía con ellos pero, no les podía ocultar de todas las bestias. Más mercenarios caerían antes de alcanzar un claro, donde parecía existir una estructura sólida.
–Creo que hemos llegado a las ruinas –dedujo Aquilea, pues la parecía una gran entrada–. Mago, disipa la niebla cuando estemos dentro.
–De acuerdo... mujer –respondió airado el hechicero–. Pero si te acostumbras a darme órdenes, al menos llámame por mi nombre: Eimhar.
Cruzaron el avejentado pórtico, con las armas en guardia. Vigilantes a todo lo que podían percibir entre la bruma, no sintieron amenaza alguna. Resultaba raro que no les acecharan ahí.
–Siento haberte ofendido antes, Eimhar–aprovechó Aquilea para disculparse, aún sin dejar de vigilar el entorno–. Recuerdo solo algunos de los nombres del grupo... y pocos puedo usar ya.
Asintiendo con la cabeza, el mago juntó sus manos, con los índices extendidos apuntando al cielo. En un instante un fuerte viento emanó de él disipando la niebla. Lo que se reveló así ante ellos era una autentica fantasía arquitectónica. Edificios de formas increíbles y materiales desconocidos se erguían entre la poca vegetación que había crecido por allí. Estaban organizados en torno a una amplia avenida que cruzaba la ciudad por su medio. En el horizonte se podían divisar las Montañas Afiladas y la peculiar torre grisácea, la cual había aparecido allí hacía apenas unos meses. Los mismos que llevaba durando esa locura sanguinaria de los predadores del bosque.
–¡Gran Kajún! –exclamó asombrado Luskabé–. ¿Qué clase de gente vivió aquí?
–Una muy cultivada y refinada –contestó Aquilea–. O eso dicen algunos textos antiguos.

Luskabé y mercenarios

Dardano se tumbó boca arriba, haciendo sonar su cota de malla y sus piezas de armadura al golpear con el suelo. Su compañera se acercó a él y se sentó a su lado.
–Eeeeh... ¿No es un poco pronto para relajarnos? –apuntó Luskabé al ver esa escena.
–Otra antigua historia indica que los animales no atacan dentro de los límites de esta urbe –esta vez hablaba Eimhar–, excepto que se les ordene hacerlo. Y no percibo ninguno por aquí.
–¿Ordenar a los animales? ¿Cómo? –se sorprendió el joven arquero–. Un momento... ¡Claro! Eso es lo que hemos venido a averiguar ¿no? Si es esa torre en las montañas la que los manipula.
El mago sonrió al perspicaz joven, quien no se conformó con eso. Luskabé y otros dos de los mercenarios inspeccionaron los alrededores un rato, en vano, hasta que cejaron en el empeño.
–Sea pues lo que Dionese quiera... ¡Yo me siento! –dijo uno de los improvisados exploradores–. ¿Qué hacemos? No se conoce acceso alguno a la torre, si es que sugerís ir hasta allí.
–Hemos leído historias similares, ma... Eimhar –habló Aquilea, mientras comprobaba que Dardano no tuviera heridas–. Indican que hay un acceso desde esta ciudad, en un lugar discreto.
–Deberíamos dividirnos para buscarlo –indicó el brujo–. Así iríamos más rápido. Pero descansemos un poco antes de decidir cómo continuar.
Dicho esto reposaron lo suficiente para revisar sus armas, lesiones, comer algo y hacer recuento de los que quedaban. Incluyendo al oso guerrero, eran ocho. ¡Solo ocho de la veintena que eran al principio! Formaron dos equipos, de forma que Aquilea lideraba uno y Eimhar el otro. Estuvieron hasta el atardecer buscando, en ambos lados de la vía, alguna señal que les indicara la supuesta entrada. Sin éxito, se encontraron en el final de la enorme avenida. Allí se hallaba una plaza rodeada de edificaciones, de las cuales el brujo miraba una con particular atención.
–¡Eimhar! –gritó Luskabé–. Espero que hayáis encontrado algo, porque nosotros... ¡Nada!
–Es posible –respondió el hechicero–, fijaos en ese pequeño edificio.
Señaló a una especie de estructura cúbica, con una sola puerta y algunos ventanucos. Sus paredes estaban llenas de impactos y puntos donde el material se había fundido en parte. Estaba claro que había sufrido un castigo intenso, aunque parecía haber resistido.
–Sencillo y parecido a los que hay por aquí –a Aquilea la gustaba la idea–. Vamos a verlo.
No había dado ni dos pasos cuando ruidos sospechosos la pusieron en alerta, algo acechaba en los alrededores. Los demás la siguieron, organizándose en semicírculo a su retaguardia. Incluso Eimhar empuñó una espada corta y de hoja ancha, que había llevado bien oculta bajo su ropa. Pequeños puntos azulados aparecieron rápidamente por todas partes alrededor de ellos. Las malditas bestias habían entrado en la ciudad, ¡y querían más sangre!
Del tejado de la casa a la que se dirigían saltó una gran pantera gris, que se arrojó directa por Aquilea. Ella ya la había visto y corrió a su encuentro pero, en cuanto estuvo a dos zancadas del predador, la saltó por encima. El felino se giró con agilidad, sin percatarse de que Dardano llegaba por detrás. Clavando sus garras, la levantó en el aire lo suficiente como para que la guerrera la rajara, de forma mortal, el vientre. Otras panteras no tardaron en surgir de entre las sombras de la ciudad, y lanzaron un ataque conjunto.
Luskabé pudo lucir su puntería letal con el arco, pero se quedó rápido sin flechas. Lobos, como el abatido en el bosque, y otras alimañas se habían sumado al ataque. Garras y colmillos desbordaban a los filos de las armas humanas. Los abrumados guerreros alcanzaron a Aquilea, quien intentaba forzar la puerta. Dardano la ayudaba echando todo su peso, pero no era suficiente.
–¡Apartaos! –gritó Eimhar–. Intentaré destruirla.
El mago apoyó su espada en el centro de la entrada y conjuró en voz baja. En un instante, el material comenzó a humear y vibrar hasta que, con un fogonazo, se desintegró. A una señal de Einhar, entraron en tropel en la casa. Aquilea y Dardano fueron los últimos en pasar, de espaldas a sus compañeros, lanzando mandobles y zarpazos a los predadores que les asediaban.
El oso guerrero se dispuso a guardar la puerta, de forma que cubría el hueco por completo. Ningún animal se atrevió a pasar, con lo que la batalla quedó en un punto muerto. Se hizo el silencio y Aquilea miró a sus compañeros. La fallaba algo... ¡Maldita sea! ¡Faltaban dos! Se lanzó a un ventanuco y miró afuera. Estaba anocheciendo, así que apenas pudo apreciar sus cadáveres.
–Ya estamos dentro, y bien atrapados debo añadir. ¿Ahora qué?
Quien habló era el único mercenario que había traído una afilada y muy resistente lanza. Eimhar materializó una bola de luz flotante que iluminó la estancia. Era espaciosa, sin muebles y sin más decoración que algunos símbolos en las paredes. Los leyó con atención.
–Ayudadme a limpiar el suelo –les ordenó con su tono amable–, la entrada es subterránea.
Barrieron el piso del lugar con sus manos y pies, revelando un cuadrado de un aspecto diferente al resto del suelo. De repente, empezó a brillar de forma tenue y unos símbolos enmarcados aparecieron en el aire, sobre su centro geométrico. Aquilea los tenía de frente, y dedujo lo que eran. Hizo valer su educación en la Lengua Original y la historia antigua.
–Pide una combinación concreta para abrirse –dijo ella–. Tocando estos símbolos, indicas a la puerta la secuencia. Pero no sé cual es, ¿Eimhar?

Eimhar, el brujo

El hechicero pensó un momento, intentando recordar algo. Acto seguido, se agachó y empezó a garabatear en el polvo del suelo, mientras el resto miraba intrigado. Finalmente, consiguió una escritura que le satisfizo y la replicó tocando los símbolos. Inmediatamente, los signos cambiaron a otros en color verde brillante y el cuadro iluminado del suelo se hundió, convirtiéndose en parte de una escalinata de peldaños refulgentes. Aquilea estaba tan maravillada como sus aguerridos compañeros, pero hizo que espabilaran y bajaran por allí. Ella lo hizo la última, guiando a Dardano que descendía mirando hacia la calle. En la planta inferior esperaba Eimhar para tocar otro de esos símbolos dibujados en el aire. Al hacerlo, cerró el acceso.
–No nos relajemos, quedamos pocos... –recalcó Aquilea, y revisó la estancia donde se encontraban. Era grande, rectangular, e iluminada por paneles de luz más intensa. Pero no se veía salida alguna, y las escaleras habían desaparecido en el techo–. Tantead las paredes, a ver si...
Por sorpresa, una pared desapareció y en su lugar un túnel enorme apareció ante sus ojos. En el suelo, un glifo en forma de flecha les invitaba a montar sobre una especie de plataforma de brillo verdoso. Aquilea se quedó helada un instante, temiendo una trampa, pero Eimhar la tranquilizó.
–Debe ser alguna clase de transporte. ¡Es impresionante que todavía funcione! –dijo el hechicero, y miró al resto–. Esperemos que nos acerque a la torre.
Tampoco tenían otra opción, intentar ir andando podría ser incluso más peligroso. Se montaron en la plataforma, y apareció en el aire otro conjunto de símbolos. Eimhar eligió uno y la plataforma empezó a moverse. Alcanzó una gran velocidad, pero no sentían traqueteos ni el aire correr. Con tanto misterio, a Luskabé se le ocurrió de repente una pregunta para Aquilea.
–No quiero sonar irrespetuoso, pero ¿cómo es posible que tu... oso no se haya vuelto contra nosotros? Si la torre es la fuente del problema, ya debería estar afectado.
–Fíjate en su pecho. ¿Ves ese colgante? –respondió ella–. En mi país es una vieja tradición ponerlo a todos nuestros animales de caza o guerra, se supone que los protege ante ciertos... males. Pero estoy empezando a entender cual es su utilidad real.
No pudo seguir explayándose, pues el transporte aminoró su marcha. Estaban llegando a donde quiera que fuera ese lugar. Apenas se veía nada, únicamente tenían la luz de la plataforma y alguna más que se veía al final del camino. Al detenerse, otra flecha se dibujó bajo sus pies, invitándoles a bajar. Por el eco de sus pasos, supieron inmediatamente que estaban en una gran sala. Pero pronto se les desvelaría la magnitud del lugar, pues se encendieron más paneles en torno suyo.
Lo que vieron les dejó sobrecogidos, ¡el recinto era gigantesco! De planta circular perfecta, combinaba tonos grisáceos en su aspecto. No se llegaba a ver su techo y su pared nada más tenia grabados algunos signos. Además, una estructura cilíndrica se erguía en el centro de la enorme sala. Luskabé se percató de las indicaciones que aparecían en el suelo apuntaban a la edificación.
–Parece que no hay otra opción, así que adelante –dijo Aquilea, apremiando al resto.

Centauro Ardiente

Al acercarse a esa especie de columna, con apenas un siseo, una sección se abrió en ella. Una criatura enorme, el doble de grande que Dardano, aguardaba dentro. Su cabeza era todo boca, con labios que parecían sierras de piedra, y su piel escarlata lucía vetas que brillaban como la lava. Les percibió y, bramando, fue por ellos galopando sobre sus cuatro devastadoras patas. El suelo restallaba a cada paso que daba, como si una avalancha estuviera arrasando el lugar.
–¡Un Centauro Ardiente! –se maravilló Eimhar–. ¡Es increíble!
–¡Sí! ¡Estupendo! –replicó Luskabé–. ¡Y nos quiere muertos!
La bestia trataba de machacarlos y quemarlos con su cuerpo. El mercenario con lanza logró clavársela en un costado del torso, pero se paralizó al ver como su arma se fundía. Ni siquiera llegó a ver el antebrazo candente que le reventaría el cráneo. El monstruo rugía y lanzaba sus embestidas con peligrosa puntería, dejando marcas incandescentes en el suelo, mientras que sus desconcertados adversarios esquivaban como podían los tremendos golpes. No sabían cómo contraatacar.
–¡Eimhar! ¡¿Sabes si tiene algún punto débil esta cosa?! –gritó casi sin aliento Aquilea. Había enfundado su espada y se limitaba a mantener la distancia.
–¡No! ¡Pero intentaré algo! –respondió el mago–. ¡Cuando os lo diga, entrad en esa cámara!
El otro mercenario que quedaba, no quiso esperar y se lanzó al lugar de donde había salido el monstruo. Éste se percató y escupió una gran bola de fuego que evaporó al hombre con todos sus pertrechos. La ansiedad de Luskabé estaba alcanzando cotas insospechadas, nunca había sentido semejante miedo en combate hasta ese día.
–¡Haz lo que sea, brujo! –gritaba con desesperación el joven guerrero–. ¡Pero rápido!
En el momento en que esa sobrenatural masa incandescente prestó su atención hacia otro lado, Eimhar se concentró y proyectó su magia sobre la criatura. El objetivo, controlar su mente. Debía ser sencilla, manipulable... La alcanzó, tanteo y halló la forma de entrar en ella. Justo cuando Dardano se interponía entre Aquilea y el Centauro, el monstruo se detuvo.
–¡Vamos! –ordenó el mago entre resuellos–. ¡Subid al piso más alto! ¡Ahí tiene que estar lo que controla la bestia y todo este lugar!
No dudaron más y Aquilea, Dardano y Luskabé corrieron hacia la cámara abierta. Nada había dentro, pero no tardó en aparecer otro conjunto de símbolos. Aquilea los leyó rauda y dedujo que se encontraban en algún tipo de plataforma elevadora. Tocó el signo que interpretó como el de la planta más elevada y la puerta de la sala se cerró. Lo último que vieron de Eimhar fue su cara de esfuerzo conteniendo al Centauro Ardiente.
El ascenso fue rápido, pero les dio margen a recuperar el aliento. Empuñando sus armas con firmeza, vieron como las puertas del elevador les daba paso a una enorme sala de colores suaves. Había en la pared algo parecido a un enorme ventanal convexo, de bordes redondeados. Frente a él, dos filas de mesas con extraños artilugios y asientos acolchados de desconocida, pero elegante, factura. Ni rastro de polvo, deterioro o violencia. Y tampoco de personas.
–¡Bienvenidos! –les sorprendió una voz–. Pasen sin miedo, ¡aquí no hay fieras!
Aquilea se giró y le vio, un caballero cuya armadura era inconfundible. Era Kárdan, uno de los mejores Jefe Capitán que había habido en su nación. La razón de que el Sabio Consejo la hubiera mandado a participar en tan sanguinaria misión.
–¡Kárdan! ¿Eres el responsable de todo esto? –interpeló Aquilea al legendario oficial.
–¡Vaya maneras de hablar a un superior! –replicó él simulando indignarse, mientras se paseaba por la sala.–. Es obvio, no habéis visto a nadie más por aquí. ¿No?
–¡Maldito bastardo! –gritó encolerizado Luskabé–. ¡Pagarás por los que has matado!
El joven guerrero corrió a luchar contra el caballero, sin escuchar el grito de advertencia de Aquilea. Su combate fue breve, no era rival para Kárdan. En apenas cuatro movimientos, la cabeza de Luskabé acabó rodando por el suelo.
–¡Bien! Así que el anquilosado Sabio Consejo ha decidido actuar –dijo mientras rodeaba con gracia el reciente cadáver–. Es toda una sorpresa, y un honor, que...
–¡Déjate de tonterías! –le cortó Aquilea, la ardía la sangre–. Detén lo que sea que hayas puesto en marcha. ¡Ahora!
–Mmmm... NO.

Kárdan

No hizo falta más palabrería. Dardano atacó con una agilidad increíble, lanzando terribles zarpazos al caballero. Pero éste le sorprendió trabando las garras a su espada, mientras que soltó una mano para proyectar fuego al cuerpo del hursuno. Dardano acabó quemado en el suelo, semiinconsciente por el dolor. En ese momento, Aquilea lanzó al torso del caballero un potente tajo horizontal, pero la coraza aguantó sin siquiera mellarse. Kárdan respondió con un contundente puñetazo, haciéndola retroceder un buen trecho trastabillando. Aún pensando a toda velocidad en cómo diablos vencerlo, Aquilea le dedicó miradas furiosas.
Ella disponía de espada, una daga, y un hacha pequeña que llevaba sujeta al costado. Kárdan tenía su famoso espadón, quizá una daga oculta, algo de magia y la armadura. La maldita armadura. Tendría que destrozarla a golpes, no había más opción. Pero una ayuda inesperada apareció por la puerta de la plataforma elevadora, ¡el Centauro Ardiente! Aquilea se quedó de piedra al verlo, pero Kárdan solo exhibió una airada indignación.
–¡Qué haces aquí! ¡Tu sitio es abajo! –le increpó el caballero, vigilando de reojo a Aquilea.
La criatura ni se inmutó. Un leve murmullo creciente parecía su única respuesta. El caballero se percató a tiempo de agacharse, pero el monstruo le arrojó la bola de fuego encima antes de desplomarse. Detrás Eimhar, con quemaduras en su ropa y cara de cansancio, caía desmayado.
El grito de dolor de Kárdan acompañó a su desesperación por desprenderse de la armadura. Había resistido el ataque de su propia criatura, pero le estaba quemando el cuerpo y tiró el yelmo lleno de cornamentas. Aquilea vio su oportunidad y volvió a la carga. Con un grito de guerra le lanzó un mandoble vertical a la cabeza descubierta, pero él pudo bloquearlo mientras se aplicaba un encantamiento de frío sobre si mismo. Sin querer, provocó que la armadura rechinara y se agrietara por varios sitios. Aquilea lo notó y empuñó su hacha, golpeando con brutalidad el debilitado metal. Kárdan la devolvió la jugada con una serie de mandobles que las protecciones de la guerrera apenas pudieron contener. Ella se escabulló con una finta y dejó distancia entre ellos. Respirando pesadamente se miraron, evaluándose. Sabían que el próximo asalto sería el definitivo.
Recuperando sus posturas de batalla, cargaron. De las espadas brotaban chispas, de cada embiste un movimiento que podía matar al rival. En cierto momento, Kárdan dio una fuerte patada al costado de Aquilea, haciendo que perdiera su espada. Ella quedó encorvada por el golpe, y el caballero no dudó. Atacó con un mandoble vertical directo a la cabeza de su pertinaz enemiga, ¡era suya la victoria! Más bien podría haberlo sido, aunque con alguien menos audaz.
Ella había simulado estar dolorida, para dejar que Kárdan realizara su ataque más confiado. Agarró la espada con sus manos justo antes de que la alcanzara el cráneo, como tantas veces había entrenado de joven. El truco definitivo en una pelea así. Como una centella, apartó la hoja a un lado y se pegó al cuerpo del caballero, clavando su daga en una grieta de la armadura.
–Ja, buena jugada –dijo Kárdan entre jadeos, el dolor era tremendo y se había arrodillado. Se sabía herido de muerte –. Pero no te diré como detener la torre, apáñatelas tú sola.
–Contaba con ello, necio –replicó Aquilea, mientras recogía su espada. Se acercó al guerrero y levantó la hoja sobre su cabeza–. Siempre me las acabo arreglando.
El tajo cortó limpiamente la testa del legendario caballero, la cual también rodó por el suelo. A continuación, se acercó a Dardano y comprobó que vivía aún. Le dejó en el suelo y fue a la única mesa que parecía activa. Creyó entender los símbolos, pero no se atrevía a tocar nada. No quería empeorar la situación. Mientras pensaba qué hacer, Eimhar apareció a su lado, sobresaltándola.
–¡Mierda! –exclamó Aquilea–. Maldita sea, avisa antes.
Él no dijo nada y se centró en manejar los símbolos de la mesa. A la vez, extraños glifos y dibujos se mostraban en el gran ventanal, hasta que notaron que la torre descendía. La guerrera miraba al mago intrigada, había manejado con gran habilidad ese antiguo artilugio.
–Eimhar, me debes una buena explicación –dijo Aquilea con suspicacia–. Sabes mucho más de los ancestros que lo relatado en los textos históricos.
El brujo la miró, como si la evaluara. Después, se acercó a Dardano y le aplicó un hechizo curativo. Finalmente se incorporó y acercó a ella para encararla.
–Lo que dejaron atrás los antiguos tiene sus peligros, como has visto aquí –dijo Eimhar muy serio–. Y conocer lo que yo sé requiere una mente disciplinada pero receptiva. ¿Crees tenerla tú?
–Ten por seguro que sí –respondió contundente Aquilea, mirándole a los ojos. Después prosiguió–. Pero me ilustrarás de camino a por la recompensa.
Ante semejante respuesta, el mago rompió a reír. Esa mujer no dejaba cabos sueltos.
–Eres realmente temible, guerrera –replicó Eimhar, con la mejor de sus sonrisas.

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