2/13/2012

Los mejores candidatos

El relato que aquí les dejo es continuación de otro que publiqué hace unos días. Una pequeña historia de ciencia ficción distópica para empezar la semana. La ilustración que he elegido para decorar esta entrada es de Manuel Sanjulian, un gran artista cuyo estilo me recuerda a otro grande: Drew Struzan.

Los mejores candidatos

Los últimos rayos de luz de la tarde iluminaban, casi de soslayo, el camino de un buggy solitario. Extensos prados verdes y árboles vigorosos salpicaban el territorio, mientras que el aire traía el frío de las heladas regiones del norte. Era una vista preciosa, pero Creedence conducía atento. Se estaban acercando a la base fronteriza y sabía que, si le reconocían, intentarían arrestarle. Miró ligeramente a su espalda, hacia a la pasajera motivo de ese viaje.

—¡Julia! —Creedence habló alto para hacerse oír sobre el ruido del viento—. Ya estamos cerca.
—¿Me dejarás en la puerta? —preguntó con humor la mujer, aunque ya sabía la respuesta.
—Claro que no. Te acercaré... ¡Joder!

La aeronave apareció como de la nada, desactivando su camuflaje justo cuando estaba sobre ellos. Creed maniobró para evitar a los comandos que descendían de ella y acabó frenando con un tremendo derrape. No tenía mucho margen para huir.

—¡Salta! —gritó con urgencia a su pasajera.

Los reflejos militares de Julia fueron más rápidos que ella misma y salió sin pensar del vehículo. Apenas sus pies tocaron el suelo Creed aceleró a fondo, haciendo que el buggy levantara tierra y briznas de hierba. Esperaba ser más ágil que sus perseguidores, pero fue fútil su intento. La nave le bloqueo el paso exhibiendo su enorme maniobrabilidad y los soldados no tardaron en acercarse por detrás. Uno de ellos disparó un haz que inutilizó el motor del buggy, dejando a Creedence acorralado.

—Vaaale muchachos, ya me tenéis —les dijo con la sorna propia de quien se sabe hombre muerto—. Me quedo aquí sentado o me ejecut... ¡Agh! ¡Qué...!

Su sorpresa murió inaudible en sus labios. La aeronave se acercó y los recogió a todos. Por su parte, Julia no se creía lo que había visto: su rescatador cazado como un animal. Por supuesto, todavía era para los suyos un criminal, pero ella percibió la captura como algo excesivo. Negó con la cabeza para sí misma, quizá había perdido la perspectiva. Ya pensaría en todo ello más tarde, ahora necesitaba descansar.

***
El efecto de la droga se le pasó en unas horas, sin dejarle secuelas. Se encontró en una celda, con ropa nueva, su pelo perfectamente recortado y totalmente aseado. Nadie se había tomado nunca tantas molestias por él.

—Joder, primero me noquean y luego me civilizan. ¡Ja! —se dijo al verse reflejado en el suelo pulido.
—Espero que le guste, señor Creedence —replicó una voz incorpórea.

Levantó la vista, apenas dejando traslucir su sorpresa, buscando la procedencia de esas palabras. No vio altavoz o pantalla alguna, nada. El sonido parecía provenir de todas partes y de ninguna en particular.

—Son altavoces integrados en las paredes —continuó la voz con fría calma—. Haga el favor de seguir el indicador.

Dicho eso, la voz calló y una flecha roja se materializó, suspendida en el aire, justo delante de sus narices. Le indicaba que saliera de la celda. Se levantó y la puerta se abrió, dándole acceso a un pasillo que recorrió siguiendo esa misteriosa guía flotante, alcanzando la salida del bloque de retención. Afuera, el sol matinal bañaba un patio vacío. No había un alma y eso le mosqueo, pero su guía etéreo le hizo cruzar el lugar hasta llegar a un edificio sencillo y elegante.

Dentro, la flecha le guió hasta una gran puerta doble en la primera planta y se esfumó ante sus ojos. Tampoco vio allí ningún guardia cerca, así que asumió que habría sistemas automáticos de defensa. Agarró el pomo y empujó despacio, entrando a un despacho amplio y sobrio. Una mujer se encontraba de pie, frente a un escritorio de madera. Su mirada era seria y, aunque de baja estatura, emanaba un aura de mando innegable.

—Buenos días, señor Creedence —le dijo con sequedad—. Soy la coronel Arriola, administradora de esta región fronteriza. Pero le interesará más saber que soy yo quien decide sobre lo que le vaya a suceder.

Creedence no se amilano al responder ante esa declaración.

—Ya, bueno —replicó aparentando despreocupación—. Pero si no me han liquidado todavía es que ha valido la pena traer a su soldado, ¿no?
—Digamos que traer íntegra y con vida a la oficial Dreschner ha influido en mis consideraciones —admitió Arriola—. No obstante, usted ha cometido crímenes suficientes como para que le lavemos el cerebro y le convirtamos en un dócil sirviente doméstico. Pero...
—Me va a ofrecer una alternativa.
—Una peligrosa —continuó la coronel sin alterarse por la interrupción—. ¿Qué sabe del problema que aflige a nuestra especie?
—¿Lo que nos... aflige? ¿Lo del síndrome reproductivo? —replicó Creed sorprendido. Se rascó la barbilla y contestó—. Pues poco. Que nacen muy pocas mujeres por una razón desconocida, y las que quedan están encerradas en ciudadelas por todo el mundo mientras nos vamos al carajo.
—El asunto es más complejo que eso pero sí, es algo así —concedió mientras daba unos pasos hacia el ventanal de la habitación—. En todos estos siglos no se ha dejado de investigar una cura para esa afección. La clonación y las terapias génicas han ralentizado el desastre, pero no han logrado llegar más allá. Y eso sin olvidarnos de la glaciación en la que estamos inmersos...

Dejó las palabras suspendidas en el aire un momento, sabía que iba a confiar información crucial con uno de los criminales más peligrosos de aquellas tierras. Pero era necesario hacer ese sacrificio.

—Lo que le voy a decir ahora es totalmente confidencial —dijo con voz más severa a la vez que se giró hacia su interlocutor—. Su vida estará en juego desde el momento en que oiga lo que tengo que contarle.
—¡Mejor eso a que me laven el cerebro! —Creedence respondió socarrón—. Venga, que no hay miedo.
—Muy bien. La misión que realizará, si la acepta, será encontrar la cura para la afección que usted mismo ha descrito.

Eso sí que no se lo esperaba. Creía que acabaría siendo parte de alguna unidad de infiltración o de espionaje. Cualquier cosa menos salvar a TODA la especie humana.

—Pero... —intentó replicar Creedence—. ¿Esta usted de coña?
—No lo sé, sinceramente —La coronel inspiró con fuerza y prosiguió—. Tenemos informes fiables de crecimientos anómalos en la población femenina de algunas ciudadelas y poblaciones próximas a ellas. Es algo que no se había visto jamás.
—Creen que alguien se la está jugando al resto, entonces —apuntó serio el criminal.
—La política entre ciudadelas se ha vuelto complicada —admitió la oficial—, así que necesitamos hilar fino en esto, señor Creedence, y usted puede ser nuestra mejor baza. Sabe sobrevivir en territorio hostil, su identidad no ha sido registrada y es hábil con la tecnología. ¿Qué me dice? ¿Quiere tiempo para pensarlo?

Creedence y Arriola quedaron mirándose a los ojos un momento. A él no le preocupaba en sí el reto, pero era un asunto muy feo. Acababa de descubrir que había una guerra fría en proceso de ebullición y... ¿se iba a meter de cabeza en ella?

***
Julia se encontró con la coronel en el taller. Un par de mecánicos estaban haciendo algo al buggy de Creedence, lo que la intrigó. La coronel estaba observando el procedimiento cuando se percató de su presencia.

—¡Ah! Hola, teniente —la saludo cordial pero con cierta frialdad—. Confío en que haya descansado bien.
—Eh... Sí, señora, completamente. —afirmó Julia mecánicamente. Seguía observando lo que estaban haciendo los técnicos—. ¿Puedo saber...?
—Eso es algo de lo que quiero hablar con usted ahora, teniente, venga conmigo. La coronel la llevó a un despacho contiguo y se sentó sobre la mesa que allí había, cruzando brazos y piernas.
—Dígame, ¿qué piensa del señor Creedence?

Otra sorpresa para Julia, ¿que importancia tenía Creed ahora? Se cuadró, poniendo sus manos en la espalda y contestó.

—No entiendo la pregunta, señora. Él me salvó por mera conveniencia.
—Liquidar a todos sus compañeros de fechorías me parece algo más que una conveniencia, teniente —observó Arriola—. Ese hombre quiere cambiar de vida, aunque no podrá dejar de ser lo que es. Un cazador.
—Tendrá difícil la integración en sociedad sin una reeducación profunda, señora —Julia respondía, pero sin entender la razón de esa extraña conversación. ¿A qué venía tanto rodeo?—. Coincido con usted, pero sigo sin entender la pregunta.
—Oh, es algo muy sencillo en realidad —la coronel hablaba sin traslucir emoción alguna—. No quiero que sea reeducado, lo necesito tal cual es ahora. Y él coincide con mi parecer.

Esas palabras dejaron atónita a la teniente. Ni por asomo se hubiera imaginado que fueran a usar a Creedence como agente en una misión. Seguro que sería suicida... Un momento, ¿qué pintaba ella en todo eso?

—Sí, es lo que está pensando, y usted será su enlace con nosotros —los ojos de Arriola parecieron atravesar a Julia —. La conoce y ya tiene cierta confianza en usted.

Se quedó de piedra. ¿Una misión con un hombre del exterior, que además es un criminal?

—Con todo respeto, mi coronel, pero espero que la operación merezca esta extravagancia —replicó Julia intentando no parecer desconcertada.
—Oh sí, la merece —sentenció Arriola con una leve sonrisa—. Sin duda alguna.

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