2/05/2012

Un final decente pero predecible

Una de las partes duras del proceso de creación de una narración es saber decidir si, aún cuando se ha finalizado, merece la pena. Me refiero a esa sensación del estilo "esto está bien pero..." que identifica a las obras que no consiguen aprovechar todo el potencial de una historia. Y eso es lo que me ha pasado con el relato que les ofrezco en esta entrada, la narración no está mal pero el final es a todas luces predecible. Estaba proyectado para participar en un concurso, pero hasta para mí no da la talla. Para no desaprovechar el trabajo realizado, aquí lo dejo por si algún amable lector se digna a mirarlo (y comentarlo). La ilustración, de Gary Tonge, no es que tenga mucho que ver con la historia pero hace buena compañía.

Un final decente pero predecible

El asalto había sido un desastre. La caravana resultó estar muy bien defendida y apenas pudieron llevarse algo de un par de vehículos. Aún así, Creedence había logrado una interesante compensación. En el combate, había conseguido reducir a uno de los guardias y, para su enorme sorpresa, descubrir que era una mujer. ¡Mujer y militar nada menos!

Noqueada, la llevó en su buggy al campamento de la banda. Era un lugar de montes agrestes aunque cubiertos de vegetación. Aparcó entre la maleza y sacó a la mujer con cuidado. Al cogerla en brazos, no pudo evitar admirar su belleza. 

–Lástima que te vayan a echar a perder tan pronto –se dijo a sí mismo.

Llevó a su presa a la oquedad que ocupaban, un lugar estupendo para esconderse pues la entrada se camuflaba bien con el entorno. Creedence la dejó en el suelo con cierta rudeza y la mujer empezó a espabilarse.

–Mmm, joder... –gimió ella dolorida, mientras intentaba orientarse.
–Vaya, empezaba a pensar que te había matado –la dijo con sorna su captor.

El hombre la ató con unas cuerdas mientras esperaba que llegara el resto de la banda. Se llevarían una grata sorpresa, se dijo, aunque algo en su mente empezaba a aguijonearlo. Era su conciencia llamándole al orden, aún los años pasados fuera de toda ley no la habían acallado del todo, pero se forzó a ignorarla. Notó que la mujer se revolvía y se volvió hacia ella.

–¿Qué haces? No podrás soltarte –la indicó con una media sonrisa–. Vamos a llevarnos bien, ¿cómo te llamas?

La soldado había recobrado el sentido y percatado de su situación. No era mala, sino mortal. Sabía de sobra lo que harían con ella, pues los informes sobre grupos nómadas como ese eran muy gráficos. La mayoría violaban y canibalizaban mujeres, importándoles poco que, desde hace tiempo ya, nacieran muchas menos de ellas que hombres. Vivían sin esperanzas y sin aspiraciones, malviviendo como una plaga que vagaba en busca de cultivos que devorar.

–A ti que te importa, bastardo –replicó la mujer con absoluto desprecio.
–Bueno, fierecilla –La dio la espalda, burlándose–. Te contaría cómo me cargué tu traje de combate, pero con esas maneras...

Creedence dejó que la mujer, que le miraba con furia, se lo pensara un momento.

–Está bien. Julia –respondió al fin en voz baja.
–¿Cómo?
–¡Julia! Maldito... –Se contuvo de decir todo lo que pensaba, quería saber más de ese desgraciado.
–¡Julia! Un nombre interesante –apreció el hombre–. Yo, Creedence. Y sobre tu armadura te diré que basta una descarga eléctrica en el lugar adecuado y... ¡Paf! El sistema se cortocircuita y deja tieso al que va dentro.

Julia se sorprendió, no eran tan ignorantes estos salvajes. O quizá este “Creedence” era más listo que el resto. Le miró de arriba abajo y localizó un bastón eléctrico colgando de su cinturón, además de un puñal de considerables dimensiones, cargadores, y una pistola sujeta al pecho. Su musculatura exhibía su fortaleza, pero no pudo seguir analizándolo. Ruidos de vehículos afuera anunciaban que otros miembros del grupo habían logrado volver y Creedence salió a recibirlos. No traían muy buena cara, eran apenas una quincena... del centenar que habían partido esa misma mañana.

–¡Creed! ¡Maldita rata! ¡Por qué huiste, cobarde! –Gran Loco, jefe del grupo, era quien le increpaba a voces–. ¡Te voy a partir en dos, malnacido!
–¡Loco! Ven y lo entenderás enseguida –le replicó con un ademán de su mano.
–¡Qué diablos escondes! ¡Más vale que sea cojonudo! –gritaba Loco al entrar en la caverna.
No tardó en notar la novedad. Una joven uniformada le devolvía la mirada con una mezcla de odio y miedo–. ¡Cabrón con suerte, una mujer!

El bruto se acercó a ella raudo y no dudó en manosearla concienzudamente, provocando que Julia se revolviera asqueada.

–¡Qué carne tan tierna! –concluyó Loco. Cogió por la fuerza la cabeza de la soldado y la miró fijamente–. Daremos buena cuenta de ti, mujer, muchas veces. Y cuando nos entre el hambre, te desollaremos como a un cerdito.

La soltó de sopetón y salió al exterior, riendo e imitando el grito de un cochino. Afuera esperaba el resto de los delincuentes, expectantes de lo que fuera a decir su líder.
–¡Creed nos ha traído carne fresca! –vociferó el Gran Loco, y sus acólitos le corearon–. ¡Esta noche habrá matanza!
Julia entendió el auténtico significado del miedo al oír los gritos, pero no quiso dejarse intimidar por ello. A la vez, vio de reojo el rostro serio de Creed. No parecía estar muy de acuerdo con esos berridos.
***
La noche se acercaba y los hombres reorganizaban pertrechos o curaban sus heridas. Mientras, Creed vigilaba pensativo a Julia. Siempre le pasaba igual, cuando estaban a punto de cometer una brutalidad, acababa peleándose consigo mismo. Julia le sacó de su meditación, hablándole a media voz.

–¡Creed...! ¡Creedence! ¡Mátame o deja que muera luchando, por favor!
–Calla, sólo conseguirás que empiecen antes –la respondió, tajante, su guardián.
–¿Qué pasa? ¿Empezarán sin ti? –contraatacó Julia– ¿Te vas a quedar sin degustarme, cabrón?

Creed se lanzó contra ella, y a punto estuvo de darla un puñetazo. Sosteniéndola por el cuello, la susurró al oído.

–No pienso tocar ni un pelo de ti. No soy un maldito salvaje –la dijo con enfado–, sólo sobrevivo en este mundo de mierda. Esos locos de ahí fuera son los únicos que me han ayudado y no quedaría muy lindo que les traicionara.

Volvió a su rincón despacio y Julia no dijo más, ahora creía entender mejor a Creed. Era un hombre honesto malviviendo en un territorio brutal, con su raciocinio oscilando peligrosamente sobre el filo de una navaja. Esa reacción la dio una leve esperanza, Creed podría ser su tabla de salvación. Pero la noche cayó y esa horda de hombres seguían contando con ella como plato principal del menú.

***

Creedence salió de la cueva, no sin antes oír otra súplica de Julia. No la respondió, no merecía la pena. Se cruzó con Loco en la entrada y se miraron a los ojos.

–¿Seguro que no quieres cobrarte la presa? Te la mereces más que este hatajo de malnacidos.
–Mejor me quedo con el fusil ese que habéis traído, Loco. Me será mucho más útil.
–Como quieras, Creed. ¡Habéis oído! ¡Ese fusil es suyo! –Loco señaló un arma tirada sobre unos bultos– Ahora... ¡Empecemos nuestra fiesta!

Los hombres bramaron sus ansias de sexo y muerte, entrando en tropel en la cueva. Creed ya sabía lo que vendría después, Loco la desnudaría con su machete. Despacio, saboreando con todos sus sentidos cada centímetro de esa hermosa mujer. En unas horas, sólo quedarían huesos roídos y una calavera engrosando la colección de ese viejo majadero. Otra más por su culpa. Pero si no hay futuro para la especie, ¿de qué narices tenía que preocuparse? Ni la moral ni las leyes tenían sentido, sólo aguantar lo mejor posible hasta caer abatido en un asalto cualquiera.

–¡Creedence! ¡Ayúdame! ¡Creed...!

Julia se resistía aun agarrada, pues era una soldado fuerte, pero pronto se cansaría. En esos momentos, la mente de Creedence era una vorágine de ideas en busca de una salida. No era sólo esa situación, quería dejar esa mierda de vida y lograr algo mejor. Un futuro más brillante, por breve que fuera. Y eso significaba tener que romper lazos con su pasado, de forma definitiva.

***

Julia ya estaba medio desnuda, conservando apenas la parte inferior de su uniforme. Los salvajes estaban frenéticos y Gran Loco les golpeaba para mantenerlos a raya.

–Bueno querida... ¡Callaos! –ordenó el jefe– He de felicitarte, eres un dulce muy apetitoso...
–¡Hoy será amargo, Loco! –interrumpió Creed, apuntándoles con el rifle. No le habían oído llegar, enfrascados como estaban en su fiesta cruel–. Chicos... Me tenéis harto.

Los hombres dudaron apenas un instante antes de lanzarse por él, pero cayeron ante su puntería letal. El interior de la cueva ofrecía escasa cobertura, y sólo Gran Loco opuso resistencia. También llevaba sujeta al pecho una pistola con la que devolvió iracundo el fuego, haciendo que Creed perdiera el rifle y tuviera que echar mano de la suya. Al final, quedaron frente a frente, apuntándose con frialdad por entre el humo del tiroteo.

–¡Creed! ¡Qué coño te pasa! –increpó Loco.
–Necesito un cambio –replicó Creedence con suavidad.
–¿Cambio? ¡Qué diablos significa eso!
–¡Estoy harto de ser una bestia más de tu jauría, maníaco!
–¡Desgraciado! ¡Me debes la vida!
–¡Con demasiadas te he pagado ya!

Sus disparos restallaron, casi simultáneos, entre las sombras de la cueva. Dos siluetas cayeron al suelo, ante la mirada atónita de Julia. Había echado cuerpo a tierra durante el tiroteo y se arrastró al cuerpo de su salvador.

–¡Creedence!
–Je, sabía que estaba mal de la vista. ¡Buf!
–¿Creed? ¡Ah! Tu hombro...
–¡Uf! Mejor él que yo –replicó con una sonrisa dolorida–. Espero no haber renunciado a una brillante carrera delictiva por nada, Julia.
–Tu cinismo es lo más bonito que me han dicho hoy, condenado bruto. Venga, desátame y te ayudo.

Aún era de noche cuando partieron del lugar. Creedence no se molestó en mirar lo que quedaba a su espalda. Sólo importaba ir hacia delante y... sentirse humano para variar.

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