4/24/2012

Vulgar pelea en el callejón

Aún con retraso, he querido apuntarme a esto de celebrar el día del libro haciendo un relatillo breve en plan speedwriting (si hay ilustraciones hechas con técnica speedpainting, también puede haber escritos speedwriting ¿no?). En una hora y media he picado una pequeña historia donde reciclo un personaje que ya he usado en otra narración corta (y que está en concurso todavía). Apenas lo he corregido, está casi tal cual me ha salido del teclado... La ilustración es de David Lecossu.

VULGAR PELEA EN EL CALLEJÓN

El último fogonazo de energía arrojado por aquel muchacho no dejó ver, hasta que se disipó, lo que hacia rato se había tornado inevitable. Richard Sullivan, uno de los fundadores de la organización de maestros arcanos más importante del mundo, apaleado por una joven promesa de ideas desbocadas sobre su propio poder.

—¿Esto es todo, viejo? —escupió el vencedor al hombre tumbado sobre el contenedor—. ¿No das más de sí? ¡Ja! Si tú eres de lo mejor que hay en el mundo, ¡maldita sea! ¡Soy el jodido número uno!

El hombre apenas sentía la llovizna que caía sobre su cara, ni siquiera creía tener su orgullo herido. Era miedo lo que carcomía su mente en ese momento. Miedo por haber visto su incapacidad de enfrentarse a alguien tan inexperto. ¿Cómo diablos era posible? ¿Donde habían quedados sus mañas, sus artificios?

Le dolía todo el cuerpo, no en vano había recibido una buena ración de descargas y golpes. Apenas había podido sobrevivir hasta ese momento gracias a su habilidad montando defensas mágicas, pero ya no daba para más. Incluso creía notar su sistema nervioso agarrotado, recalentado de tanto esfuerzo. Si lo forzaba más, se arriesgaba a quedarse paralizado o algo peor. Enfocó con esfuerzo hacia la salida del callejón, allí donde reía su desgracia ese portento de la naturaleza. Nunca había visto a nadie desplegar durante tanto tiempo semejante cantidad de energía sin acabar autoconsumido en su propio poder, era algo impresionante. Y encima parecía seguir tan fresco como al principio, como si él hubiese sido un mero sparring para ir calentando antes del combate final.

—¡Ja, ja, jaaaa! ¡Aaaah, sí! ¡Sí! —el joven levitaba de puro placer, lanzando chispas y descargas en derredor suyo. No le importaba ya que nadie le viera exhibir sus poderes. ¡Era invencible! ¿Quién se atrevería a desafiarle ahora?

Unos pasos resonaron en el callejón, portando con ellos una silueta magníficamente trajeada. Esa tercera persona se quedó a medias bajo la única iluminación que había funcionando en el lugar. Apenas se veía parte de su cara, pero su mirada parecía brillar con luz propia. Esos ojos apuntaban, sin duda ni miedo, directamente al joven. Éste plantó sus pies en tierra de nuevo y se encaró al desconocido.

—¿Y tú que co...?

—Brandon te llamas... ¿No, chico? —le cortó el hombre con voz grave y serena.

El interpelado dudó un instante. ¿Quien diablos era ese cabrón? No obstante, no pensó mucho pues acabó respondiendo con absoluto desprecio.

—Véte de aquí, señorita, no sea que te manche el vestidito que llevas. ¡Esto no te concierne!

El desconocido siguió mirándole impasible a él y detrás de él, donde pudo ver a Sullivan incorporarse penosamente. Tras un largo minuto de silencio, volvió su atención al bravucón del joven.

—Discúlpame, chico. Venía buscando a un amigo —el hombre trajeado jugueteaba con los caros gemelos de su chaqueta mientras hablaba, como no dando importancia a la situación en la que se encontraba. Eso estaba irritando aún más a su interlocutor, que a duras penas contenía su indignación—. Quizá le hayas visto por aquí. —otra pausa, esta de segundos—. Es un poco feo, la verdad, pero no se le dan mal las chicas. Podría enseñarte un par de trucos, si tú me entiendes...

El hombre, a la vez que hablaba, andaba con ritmo tranquilo hacia él. Brandon no aguantó más e invocó de nuevo su poder. No sería un simple hombre el que se riera de él a la cara, no ahora que conocía de lo que era capaz. Se enmarcó en un arco voltaico completamente circular, con rayos crujiendo hacia afuera. Era como un sol hecho de pura electricidad, que quemaba todo lo que tocaba.

Pero no fue pavor o consternación lo que vio en esa cara, oh no. Se encontró con una ligera sonrisa divertida, una que dejaba entrever algunos dientes brillantes. Entonces Brandon lo supo, no sabía cómo, pero lo supo. Se la estaban jugando y ni siquiera podía intuir donde estaba la trampa, pero tampoco tuvo tiempo para descubrirla. El hombre desconocido no le dejó pensar.

—Uhm... Bonita decoración navideña, chaval. Pero... —dijo con la vista ligeramente caída al suelo, aunque a continuación la levantó de súbito para rematar su pequeño show—. ¡Estamos en verano!

Nada, eso es lo que estampó a Brandon contra la pared del fondo del callejón. Absolutamente nada, apenas un leve gesto de la diestra de ese desconocido, lo había proyectado como si fuera una vulgar hoja de papel, dejándolo incrustado entre ladrillos. Si no hubiese revertido su poder en reforzar su cuerpo, hubiera muerto convertido en mermelada de carne. Aún así quedó atontado por el súbito ataque, tiempo que ese nuevo contendiente aprovechó para atender al mago abatido.

—Joder Richard, ¿estas de baja forma o qué?
—¿Conrado? —Sullivan estaba tan agotado que le costaba enfocar la vista, pero su mente seguía clara a pesar de todo— ¡Conrado! ¡Pero qué haces aquí!
—Eso más tarde —abrevió Conrado. Puso su mano izquierda en el pecho de su viejo amigo e invocó un hechizo curativo completo— Relájate, esto te hará efecto en unos minutos.

Le ayudó a recostarse contra un muro cercano y volvió a centrar su atención en el veinteañero pendenciero. Todavía no parecia dar síntomas de agotamiento y eso era preocupante. Conrado sabía que Brandon se encontraba cerca del límite de lo que podría aguantar. Sospechaba además que quizá estuviera usando algún tipo de encantamiento de refuerzo sobre su cuerpo o, peor aún, que no notara los dolores propios de abusar así de sus poderes. Si no paraba, ardería como una rama seca en un incendio. Brandon se habia repuesto del golpe y ya andaba para encararse con él.

—¡Brandon! ¡Si no paras, te vas a matar! —gritó Conrado, no tenían ningún deseo de liquidar al chico. Todavía no había cometido ningún error mortal, podía ser educado en la magia.
—Eso me huele a caquita, cabronazo —respondió el aludido suavemente, con ojos ensombrecidos y mirada algo perdida.

Brandon se pasó la mano por la cara, de repente se sentía cansado. No era posible, ¡todavía no! Debía liquidar a los dos desgraciados que se habían interpuesto en su camino, vaya si lo haría. Extendió sus brazos, invocando de nuevo sus poderes y lanzó una lluvia de rayos sobre Conrado. Éste se limito a encararlo, sin parpadear siquiera. La electricidad llegaba a él, pero nada le hacía. Brandon se indignó y proyectó aún más energía en su rival. Fue tarde cuando se dio cuenta de que había estado atacando una mera ilusión, de que Conrado había cogido a Richard y se había cambiado al otro lado del callejón, fuera del alcance de cualquier iluminación. Tarde también para detener el flujo de su propio poder.

El joven ardió como una pira embadurnada de gasolina, primero en rojo, después en azul y otra vez cambió a un rojo rosado que terminó de consumir los últimos restos de grasa que quedaban entre las cenizas. Richard se había recobrado lo justo para ver los momentos finales de aquel muchacho. Conrado se limitó a enarcar su ceja derecha, llevaba rato viendo venir ese resultado. Su amigo le miró con cara de derrota.

—Tenía talento, Conrado, de verdad que lo tenía —negó con la cabeza lentamente, había sido su mayor fracaso personal. Nunca había perdido a nadie así—. Esto no me lo esperaba.
—Cuando me enteré de que andabas detrás de un nuevo talento, me dio por investigar —respondió resuelto Conrado—. Lo que has visto son muchos años de frustraciones y maltratos desbocados en una noche, amigo. Rabia juvenil, me atrevería a decir.
—Rabia... Maldita sea, podrías haber llegado antes de que me diera la paliza.
—Vaya, como si pudiera venir volando, ¿eh?

Richard empezó a reírse lentamente, algo a lo que Conrado se sumó un segundo después. No dejaron de hacerlo durante un buen rato, indiferentes a la pertinaz llovizna de aquella noche.

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