8/05/2012

El día que no tuvo misericordia

Tras mucho tiempo sin tener nada que publicar por aquí, ya tengo algo que quizá encuentren de interés. Un relato que me ha costado bastante terminar, he de decir. Es una historia en la que he tratado de mezclar western con zombis y una buena porción de drama. De hecho, creo que me he excedido con la parte dramática... Curiosamente, es uno de los relatos más largos que he realizado hasta ahora. Lo cual no significa que sea el mejor, obviamente. No lo he corregido exhaustivamente, pero no tiene faltas de ortografía y si coherencia interna. Si les apetece, dejen su opinión en cualquiera de los canales que tengo activos.

El día que no tuvo misericordia

—¡Deme el papel, señor Ritchmond! —espetó Maureen golpeando el mostrador. No soportaba seguir con la discusión más tiempo—. ¡Lo necesito ahora!

El señor Ritchmond, hombre de envergadura notable, se caracterizaba por su forma de ser amable y educada, pero esa joven estaba acabando con su paciencia a marchas forzadas. Su insistencia le resultaba del todo intolerable.

—¡Y yo la respondo otra vez lo mismo, señorita O'Sullivan! ¡Sólo puedo dárselo a uno de sus padres! —el denso bigote del caballero se agitaba nervioso bajo su nariz, muestra de lo mal que le sentaba esa situación. Se enderezó y respiró hondo para tranquilizarse y recuperar las formas, bien sabía que gritando no lograría que esa impertinente entrara a razones—. Y sólo el juez podría obligarme a entregárselo, señorita —Remató, sentencioso.
—¡Pero...! —Maureen notaba que lágrimas de frustración estaban a punto de recorrer sus mejillas. Nunca pensó que conseguir la maldita escritura fuera a resultar tan duro. Su voz bajó el tono, así como su mirada—. Pero no hay tiempo... No pueden venir.

Apretó los ojos. No quería llorar, no así, aunque ya no podía evitar notar las gotas saladas en los labios. Con el escándalo, el guarda que hacía el turno de mañana se había acercado a la zona de la ventanilla, pendiente de que el asunto no fuera a mayores. Pero no dijo nada, no era su problema todavía. Sin embargo, Lucy Ashworth, la cajera del banco, sí dio muestra de auténtica preocupación por la joven, ya que la conocía desde hacía tiempo. Más que conocerla, había sido siempre casi como la hermana mayor que nunca tuvo. Incorporándose de su puesto, se dirigió a ella con toda la dulzura de la que pudo ser capaz.

—Maureen, cálmate por favor... No llores, vamos. ¿Por qué quieres el documento?

No llegaría a responder esa pregunta. Las puertas de la entrada fueron abiertas con violencia por una sonora patada, la cual las estrelló contra las paredes que las sostenían. El guardia fue pillado totalmente por sorpresa, apenas sí pudo girarse y ver el revólver que lo liquidó de modo fulminante. Con el corazón destrozado y la mano a medio camino de su arma, el hombre cayó como un fardo al suelo, su herida mortal convertida en la fuente de un escalofriante charco de sangre.

Apenas había dejado de resonar el eco del disparo cuando cuatro hombres, el primero con el cañón de su arma aún humeante, entraron en tropel en el banco. Dos corrieron hacia la ventanilla y el más corpulento de ellos reventó la puerta de acceso al otro lado cargando con el hombro. Cogieron al director, antes de que pudiera escabullirse por otra que daba acceso al resto del edificio, y a Lucy. Ambos se habían quedado pálidos y aturdidos, todavía estaban intentando no atragantarse con lo que acababa de suceder. Los bandidos los agarraron por el brazo, obligándolos a ir a la habitación donde se hallaba la caja fuerte, instalada en la planta superior. No necesitaron decir nada, sus gestos amenazadores y sus pistolas resultaron ser muy elocuentes para Ritchmond. Murmurando un “Por aquí”, les llevó a donde querían.

Así, en un momento, Maureen se había quedado sola con los otros dos delincuentes. Perpleja como estaba, no sabía qué hacer o cómo reaccionar. Aún estaba de pie al lado de la ventanilla, con una mano sobre la piedra pulida de la repisa, inmóvil. Sus ojos enrojecidos se abrieron, expectantes a lo que pudiera acontecer después. Vio entonces como esos hombres se dispusieron a vigilar la calle, revólver en mano, ocultándose entre las zonas de pared que separaban las ventanas del local.

Uno llevaba pintas de cazador de pieles, con su ropa hecha de pellejos curtidos y flecos colgándole de las mangas de la chaqueta. Eso por no hablar de la cosa que llevaba por sombrero, que daba agobio sólo de verlo. Era uno de esos gorros, de alguna piel que no reconocía, con la cola del desafortunado animal colgando a un lado de la cabeza de su dueño. Sumado a la forma desgarbada que tenía de andar y su cara ajada, parecía más un pirata en tierra que un ladrón de bancos. Eso sí, las dos pistolas que llevaba trastocaban su aspecto de estrafalario a rudo y temible.

—Menuda tormenta, ¿eh, jefe? Mejor de lo que esperábamos —dijo el trampero, torciendo el gesto a la vez que pronunciaba con voz nasal.
—Quizá demasiado, Johnny B.

Tranquilas, ligeramente rasgadas, pero con la confianza que dan años de experiencia. O quizá ya fuera hábito o indiferencia mezclada con la resolución certera de un hombre muy tallado por una vida endurecedora. Así sonaron para Maureen las pocas palabras que aquel individuo ofreció como respuesta al pintoresco Johnny B. Parecía, o mejor dicho, demostraba, ya sólo por su voz, ser la autoridad en esa banda de forajidos. La llamó poderosamente la atención, quizá también por su traje negro y su extraño sombrero a juego, más propio de un jugador de póquer que de un pistolero.

—Señorita, échese al suelo —Maureen dio un leve respingo, había creído que la ignoraban deliberadamente, especialmente el hombre de negro. Éste continuo hablándola, con aquella calma que parecía no perder jamás—. No seria bonito que recibiera un balazo por accidente, ¿verdad?

Su leve sonrisa la hizo mirar a la cara de ese hombre. Era obviamente mayor, o podían haber sido el sol y la existencia que llevaba los que le habían envejecido más de la cuenta. Una barba corta pero perfilada y ojos azulados, con un cierto toque acerado, conferían al dueño de ese rostro un magnetismo difícil de ignorar.
Maureen se deslizó despacio, apoyándose en la pared de la ventanilla del banco, hasta sentarse. Dobló y abrazó sus piernas, en actitud de espera, y apoyó su mentón en sus rodillas. Se dedicó a mirar a los delincuentes acuclillados que tenía enfrente —especialmente al que el trampero llamara jefe—, al cuerpo del abatido guardia, a la tormenta...

La tormenta. No se había percatado de ella hasta ese momento. A través de las ventanas apenas se podía ver nada, tal era la cantidad de polvo y arena que arrastraba el aire. Debía haberse formado en muy poco tiempo, pues no recordaba que, al entrar en el banco esa mañana, hubiera un sólo jirón de nube en el cielo. Quizá en su desesperación por conseguir el escrito de las tierras de su familia no reparó en el horizonte que traía ese fenómeno de la naturaleza. En esa divagación, una idea restalló en su mente como un látigo. El documento. De seguro que estaba en la caja fuerte que esa banda iba a desvalijar. Sus ojos se abrieron como platos al darse cuenta del desastre que se la avecinaba. Si se llevaban el papel, no podría negociar con el malnacido de Seth Landport. No tendría nada de valor que entregarle. Y entonces...

El sonido amortiguado de un grito del director llegó hasta donde estaban Maureen y los otros dos ladrones. Una detonación lo acompañó, seguido de otro disparo y otro alarido, esta vez de dolor. La joven se quedó de piedra, su instinto de supervivencia exacerbado, gritándola que no se moviera de donde estaba. Que no se hiciera notar. Los bandidos se limitaron a escudriñar el techo, deduciendo de qué zona del piso superior provenían los ruidos.

—Parece que las negociaciones no han ido bien —soltó con una risita Johnny B. La sorna, combinada con mucho cinismo, parecía ser su forma natural de expresarse.
—Muy inconveniente —replicó su jefe con frialdad, a la vez que se ponía de pie contra la pared. Intuía que no quedaba mucho para salir de allí corriendo—. Atento, no tardaremos en largarnos.

Johnny B lo imitó, poniendo su mano libre sobre la culata nacarada de su, todavía enfundada, otra pistola, gemela a la que ya empuñaba. Maureen notaba su vello erizado, las palpitaciones agitadas de su corazón, lo tenso que estaba su cuerpo encogido. Tenía miedo, el auténtico, el que venía de la certeza de que podía perder la vida en ese mismo momento. No quería pensar en ello pero, inconscientemente, había cerrado los ojos, como si sus párpados pudieran protegerla de la bala que esperaba recibir.

Unos pasos rápidos sonaron a su espalda, eran los ladrones que volvían de limpiar la caja fuerte. Portaban un par de bolsas abultadas, que terminaron de rellenar con los billetes que había bajo el mostrador. Después, andando a zancadas, se acercaron a donde estaba su jefe, con cuidado de dejarse ver a través de las ventanas.

—Ya está, Wade —dijo el más espigado con cierta ansiedad, quería salir de allí cuanto antes—. Lo tenemos todo.

Wade le clavó la mirada, haciendo que se viera justo bajo el filo del ala de su sombrero negro, y le replicó, sin perder su tono tranquilo y añejo.

—Ha sonado como si disparaseis a alguien, Dutch —el nombre sonó como si lo estuviera escupiendo.
—No recordaba bien los números de la otra caja y le dí un pequeño estímulo. ¿Nos vamos? —dijo Dutch con una sonrisa maliciosa.

Wade miró a Johnny, quien le puso una mueca de indiferencia, y después oteó la calle. Nadie. Era raro. A pesar de la tormenta, alguien debiera haberse acercado a curiosear al oir disparos. Era el dinero del pueblo y nadie venía a preocuparse de lo que estaba pasando en su único banco. Muy extraño. Pero no seria él quien desaprovechara semejante oportunidad. Asintiendo con la cabeza, hizo un gesto con su mano armada para que la banda saliera del lugar. Los hombres obedecieron y salieron hacia la calle, agachándose para aguantar mejor el violento aire polvoriento que asolaba las calles.

Wade echó una última mirada al interior del banco y se fijó en la chica. La pobre estaba acurrucada en el suelo, sin hacer ruido alguno, aferrándose las piernas con los brazos y ocultando su cara lo justo para que sólo se la intuyeran sus ojos. Vio miedo en sus ojos, sí, pero también sorpresa y, quizá, cierta admiración. Sabía que esa impresión se tornaría en horror y odio en cuanto la chica subiera a la planta de arriba y viera la sangre derramada. Sin pensarlo más, salió en pos de sus secuaces. Eso sí, antes dirigió unas últimas palabras a la joven.

—Ya puede levantarse, señorita. Y adiós —se despidió lacónico, sin darla tiempo a responder.

El robo del banco de Dust Town había sido audaz y, sobre todo, de una rapidez asombrosa. La joven todavía no se creía lo que había pasado, su mente estaba intentando digerir lo sucedido pero era incapaz. Se levantó, tanteando la pared marmórea que tenía detrás. Justo tras levantarse, su mente reaccionó. ¿Qué había pasado en la planta de arriba? Se lanzó rauda por la puerta que daba a las escaleras de la planta superior. Cuando llegó a la habitación donde se hallaban las cajas fuertes, se encontró una escena espantosa.

La sangre salpicaba la tapicería de unos sencillos sillones que llenaban la estancia. Lucy estaba tirada en el suelo, con la mano sobre su pecho teñida de un fresco tono rojo. Sus ojos ya no brillaban, su tez había perdido el color. Estaba muerta. Un certero disparo al corazón la había ejecutado de modo fulminante. Maureen se derrumbó de rodillas a su lado, manchando sus pantalones de vaquera con la sangre que había brotado de la terrible herida. Abrazó a su amiga, a su hermana, a su confesora. Lloró amargamente, igual que había llorado por su padre el día anterior. Todavía la quedaban lágrimas para Lucy, que derramó con su boca abierta, mirando al techo de la habitación, incapaz de articular más sonido que el de la pena más profunda. Se preguntaba que mal había hecho su amiga para morir así, o si es que ella misma estaba maldita por alguna razón que no alcanzaba a entender. Nada de todo eso tenía sentido para ella, nada.

Bajó la mirada y miró largamente el rostro de esa mujer, siempre tan atenta y amable con ella. Cerrándola los ojos, la depositó con delicadeza en el suelo. Apretó los párpados, debía dejar de llorar. Todavía tenía un asunto pendiente que solventar. Levantó la vista y miró lo que había alrededor suyo, hasta que sus pupilas acertaron a encontrar las portezuelas abiertas de las dos cajas fuertes que había allí instaladas. Se levantó rauda y miró el interior de ambas estructuras de acero. Vacías. No se habían dejado ni un triste papel por coger. Una vez más maldijo su suerte y se giró, dispuesta a salir corriendo de allí para perseguir a esos bandidos. No obstante, llegó a percatarse de la voz apagada del director que apenas sí tenía voz para pedir ayuda. El balazo que había recibido en la pierna y la muerte atroz de su cajera habían roto completamente su temple.

—¡Maldita sea! Señor Ritchmond, ¡aguante! —gritó Maureen al darse cuenta del estado lamentable del hombre. Buscó algo que pudiera servirla para hacer un torniquete y, finalmente, optó por la elegante chaqueta que llevaba el herido—. Déme la chaqueta, rápido.

A Ritchmond le costó quitarse la prenda, mientras Maureen taponaba con sus manos el agujero de bala. Una vez obtenida, la joven vendó la herida y aplicó un rápido torniquete usando para todo ello las mangas arrancadas de la chaqueta. Después, hizo que el hombre se sentara en uno de los butacones que había en la estancia y que pusiera la pierna herida en alto, apoyada sobre una de las cajas fuertes.

—Aguante así, señor Ritchmond. Buscaré ayuda —dijo mecánicamente Maureen. En realidad su mente sólo pensaba en alcanzar a los bandidos.

Salió de la habitación, aunque sin poder evitar dedicar una última mirada al cuerpo de su amiga desde el umbral de la puerta, y se largó corriendo. Respiraba agitada, irritada, iracunda y, sobre todo, muy dolida. Estaba perdiendo tantas cosas en tan poco tiempo que empezaba a sentir nauseas de sólo pensarlo. Céntrate en lo que te queda por delante, se decía, no mires atrás. Bajó a la sala de la ventanilla, salió del mostrador y se quedó paralizada, esta vez por culpa de una sorpresa siniestra.

No estaba. Había desaparecido. Del cadáver del guarda sólo quedaba su sangre tiñendo el suelo polvoriento. Peor aún, del charco brotaba un rastro de ese líquido vital y huellas también sanguinolentas. El conjunto apuntaba hacia la salida del banco, pero allí no había nadie. Sólo la tormenta ululando rabiosa entre los edificios de la ciudad. Un leve destello la llamó, la pistola del hombre supuestamente muerto estaba justo ahí, abandonada a su suerte. Maureen la recogió y, con experimentada soltura, revisó su estado y la munición que tenía. Seis balas había cargadas en el Colt, seis proyectiles que podrían ayudarla a recuperar lo que la habían robado esos malditos delincuentes.

Empuñándola en su zurda, se dispuso a cruzar el umbral de la salida, cuyas puertas se habían quedado abiertas desde que se largaran los bandidos. Maureen sabía que era absurdo que hubieran tardado tanto en huir, pero tenía que intentar algo, aunque fuera a la desesperada. Primero tendría que ir por su caballo, al que había dejado en el hotel cercano al edificio del banco. El dueño, el señor Engstrom, también la conocía desde que era pequeña y la dejaba usar su establo en sus visitas a la ciudad, cuando no estaba lleno.

El viento agitaba su negra melena con violencia y la gran cantidad de polvo y arena que estaba inundando las calles de Dust Town era enceguecedor. Pero la daba igual, no podía detenerse por una mera inconveniencia. Se lanzó a la calle y, justo cuando empezó a correr en dirección al hotel, su oído captó un ruido familiar que la hizo parar en seco. Sonó otro igual, y otro. Eran detonaciones de revólver, no había duda. Unas voces exclamando algo ininteligible la hizo torcer la boca en una mueca de ira, tras creer haber distinguido una en concreto. Parecía la de aquel que respondía al nombre de Dutch, el desgraciado que, creía ella, había matado a Lucy.

Se precipitó hacia el lugar de donde sentía provenír esos ecos y, según avanzaba, creyó entrever parte de una silueta oscura que la daba la espalda. Quizá fuera el ladrón de la mirada grisácea, pensó, pero se movía de forma extraña. Andaba, aún a grandes zancadas, balanceándose, como si se dejara empujar por el viento. Además gruñía, emitiendo ruidos guturales sin sentido alguno, mientras su cabeza rotaba espasmódica en todas direcciones. Maureen no dio importancia a esos detalles y alcanzó al hombre, manteniéndose detrás suyo con discreción. Le clavó el cañón de su recién conseguido revólver a la altura del corazón y le gritó con toda la autoridad que pudo proyectar en su voz.

—¡Quieto, bastardo!

El hombre se detuvo por completo, indiferente a la tormenta, y giró la cabeza hacia atrás en un súbito impulso. Un extraño gemido, cruce de larga exhalación y eco de una amenaza animal, brotó de su garganta. Maureen, sobresaltada por ese comportamiento, se alejó un paso de él por puro reflejo. No era, ni de lejos, la reacción que había esperado. Aún así, seguía apuntándole sin que la temblara el pulso. Estaba armada y determinada a no ceder.

—¡Maldita sea, ten cuidado o...!

Maureen no tuvo tiempo de terminar su amenaza. Al oírla hablar de nuevo, el hombre volteó con increíble celeridad todo su cuerpo hacia su derecha, lanzando sus manos a modo de garras contra ella. La joven lo esquivó por muy poco y siguió apuntándole, desconcertada por el ataque e indecisa sobre si dispararlo o no. Nadie en su sano juicio se enfrentaba así a alguien armado y ella nunca había tenido que disparar, mucho menos matar, a nadie antes. Su resolución empezaba a resentirse. Sin embargo, un destello en la chaqueta de aquel individuo captó su atención. Aún entre el polvo pudo distinguir la forma de una placa, la misma que llevaba el guardia del banco.

Entonces se dio cuenta, justo cuando ese loco agresivo se arrojaba a gran velocidad sobre ella. Las ropas de ese hombre, su cara y la herida mortal en el pecho. Todo encajaba y, aunque su mente no terminaba de aceptarlo, sabía que era real lo que estaba viendo. Ese individuo no era un desquiciado perdido en la violenta polvareda que había tomado las calles de Dust Town. Era el cadáver revivido —Dios sabía como— del agente abatido hacía no más que unos minutos.

La criatura intentó golpearla de nuevo a la vez que bramaba como una bestia infernal, pero ella se arrojó al suelo, rodando, para esquivarlo. Dejó que su instinto de supervivencia la salvara de semejante agresor, imponiéndose al miedo que sentía por esa cosa imposible que intentaba destrozarla. Se incorporó, ganando de nuevo la espalda del muerto y encañonó directamente su cabeza. Amartilló el revólver y disparó.

No cerró los ojos en ese instante, excepto el parpadeo instintivo provocado por la deflagración del disparo. Vio como caía a plomo, por segunda vez, el cuerpo del que había sido el guardia del banco. Se extrañó de la poca sangre que salía de su cráneo reventado, pero recordó que ya había dejado buena parte del preciado líquido en donde lo mataron la primera vez, cuando todavía era un hombre.

Se quedó como petrificada donde estaba, aún apuntando al abatido con el revólver, aún digiriendo que acababa de rematar a un cadáver. Esperó un momento, respirando con agitación, aguardando alguna reacción o movimiento del cuerpo. Nada, ningún espasmo siquiera. El muerto parecía seguir muerto, como tenía que haber sido cuando lo liquidaron por primera vez, en el suelo. Chasqueando la lengua, se dio la vuelta y se dispuso a continuar su caza de los bandidos. Sin embargo, ya no se oían disparos o gritos. Sólo la tierra molida que, arrastrada por el aire, golpeaba y cubría, indiferente, edificios y cuerpos por igual.

Un crujido metálico sonó peligrosamente cercano a Maureen. Alguien la estaba apuntando por su derecha. Miró hacia ese lado y se encontró con el cañón de una pistola en su cara. No podía distinguir quien era y, peor aún, quien quiera que fuera tampoco podría verla bien a ella hasta estar muy cerca.

—¡No! ¡No dispare! —gritó Maureen a la desesperada— ¡Estoy...! ¡Estoy viva!

Al instante, se dio cuenta de la tontería que acababa de soltar. No obstante, se convirtió en una de las mejores respuestas que pudo dar en su vida.

—¡Estupendo, señorita! —respondió, alzándose sobre el insistente alarido del viento, de una voz masculina. Ella conocía esa voz, vaya que sí. Wade era quien estaba en el extremo seguro del arma.

El bandido se acercó y la miró de arriba abajo, percatándose del arma que había en su mano y del cuerpo que se hallaba en el suelo tras ella. Clavándola la punta del revólver bajo la mandíbula, la habló al oído.

—Es uno de esos cadáveres andantes, ¿no?

—El guardia del... —La costó responder por el dolor— banco... No se qué...

—Eso sí que es nuevo —la interrumpió el pistolero. De repente, bajo el arma y la habló con un tono más cordial—. Ven conmigo si quieres sobrevivir, dos pistolas pueden hacer más que una. Y coge el cinto del guardia. Te hará falta.

Maureen asintió con la cabeza y, venciendo la repulsión que la producía hurgar en el cadáver, obtuvo la pistolera del guardia. Tuvo suerte de que tuviera agujeros de sobra, así pudo ajustárselo lo suficiente como para que no fuera bailando en torno a sus caderas esbeltas de jovencita. Se dio prisa en acabar, pues de las palabras de Wade se desprendía que había más de esos casi muertos pululando por la calle. Al guardar el revólver se percató de un importante detalle, ella era zurda, pero la funda estaba a la derecha. Dio la vuelta al arma, dejando que la culata se viera de frente. Por suerte, la pistolera permitía semejante truco aunque no fuera realmente lo mejor para desenfundar rápido.

—Ya está —dijo Maureen, expectante.

Wade la miró, y asintió con la cabeza. Se acercó de nuevo a ella, sin dejar de otear lo poco que se distinguía alrededor suyo, y la dijo con absoluta calma. Era increíble la sangre fría de ese hombre.

—Ahora vamos a andar deprisa, no a correr. Nos meteremos en una de las tiendas que hay aquí a la derecha y esperaremos a que pase la tormenta —Se agachó y cogió el sombrero del guardia, calándolo en la cabeza de Maureen. La sorprendió con el gesto, pero no la dio tiempo a replicar—. Ve delante y cúbrete los ojos con el sombrero, será mejor que tengas las manos libres.

La quedó claro lo que Wade quería de ella, ser la primera en enfrentarse a cualquier sorpresa desagradable. Siendo muy consciente del riesgo que corría, intentó agudizar sus sentidos, en especial el oído. No podía ver más allá de un palmo, lo que la obligó a tantear con sus manos para asegurarse de que había llegado al soportal compartido por los locales a los que se dirigían. Subieron a la estructura y Maureen empezó a probar las puertas de las tiendas.

La primera se la encontró cerrada, al igual que la siguiente que probó. No tuvo que intentarlo con la tercera a la que ya se dirigía, ni siquiera llegó a tocarla. La mano despellejada, que la apresó el cuello y el hombro, la impulsó con tal fuerza que atravesó el escaparate de la tienda a la que había intentado entrar hacía sólo un segundo antes. Aterrizaron en mitad de un montón de telas y ropas que acabaron desperdigadas por el suelo, confundiéndose con los trozos de vidrio de la ventana destrozada.

Maureen casi quedó inconsciente del golpe que recibió en la cabeza, pero su sombrero había amortiguado algo el impacto. Al sentir el hedor pútrido que desprendía su agresor, su instinto de supervivencia se disparó y, aun desorientada, soltaba puñetazos certeros al maldito que la estaba apretando la garganta. Sin embargo, no parecían afectarlo lo más mínimo y aumentaba rápidamente la potencia de su presa.

Sentía perder las fuerzas, la vista se la nublaba. Creía caer en un pozo oscuro muy, muy profundo. No podía pensar, o decir una última palabra. No percibía más que algunos ecos de una realidad de la que estaba siendo alejaba a marchas forzadas. Sólo estaba sorprendida de estar muriendo así, de un modo tan indiferente a todo. Sin dolor. Sin penas.

Su agonía tuvo un final inesperado. Al final de lo que la había parecido a ella una eternidad, sintió restallar un trueno lejano. ¿Una tormenta? De repente, el mundo volvió a Maureen. Sin miramientos, sin algo que amortiguara el golpe. La vaquera había regresado a la cruda realidad... Gracias al hombre del que menos esperaba ayuda alguna. Wade la ayudó a levantarse sin muchos miramientos y la puso una vez más el sombrero. Tardó un momento en entender lo que la decía, atontada como estaba por el golpe y el estrangulamiento que había sufrido. Sólo gracias a su juventud y a su naturaleza robusta la ayudó a reponerse rápido y descifrar las palabras que llegaban a sus oídos.

—Apoyate en mí, vamos. No mires al suelo.

Maureen no pensó mucho en lo que hacía, se limitó a obedecer y empezó a caminar. Unos pasos indecisos después se zafó de su salvador, propinándole un empujón repentino, y desenfundó su revólver. Había aparecido otro de esos condenados monstruos y se había lanzado sobre ellos a través del hueco dentado del escaparate. En el breve instante en el que la joven encaró al ser pudo ver su cara corroída por la podredumbre, los huesos en los que aún se aferraban los marchitos músculos de la criatura. Pero no tuvo miedo, o asco. Ni un asomo de vacilación siquiera.

Su disparo certero le reventó el cráneo y lo esquivó según caía al suelo, inerte. Una sonrisa de admiración y respeto se dibujó en los labios de Wade. No pudo evitar estar gratamente sorprendido por la fulminante y letal recuperación de esa chiquilla. Tenía el veneno propio de los mejores pistoleros corriendo por su sangre. Lo notaba en sus ojos y en la forma que tenía de empuñar el arma. Esa soltura y determinación al apretar el gatillo o eran innatas, o aprendidas, o ambas. No, no era una niña, era una mujer aún inmadura que estaba aprendiendo a ser peligrosa.

Se incorporó del rincón donde Mauren lo había arrojado. Justo cuando iba a cumplimentarla por lo que había hecho, la joven, con gesto cansado, se apoyó en la pared que tenía más cerca. Wade, extrañado, la habló, olvidando la sorpresa que sentía por la acción anterior.

—¿Qué haces? Nos tenemos que largar de aquí.

Maureen se limitó, entre suaves jadeos, a responder dejando su mirada fija en el escaparate roto. Parecía estar esperando que entraran más criaturas por ahí.
—Tengo trozos de la ventana... Clavados en la espalda. Pica un poco... —remató su réplica con una sonrisa dolorida.

Wade fue hacia ella y comprobó las heridas con rapidez. La mayoría no eran de gravedad, meras muescas en la piel de la joven, excepto un par. Una punta de vidrio se ha había clavado en la zona de la cadera y otra cerca del hombro. Se las quitó sin avisar, haciendo que se estremeciera de dolor y trastabillara. Después la sacudió el resto del vidrio que quedaba en su espalda y la ayudó a incorporarse de nuevo. La abofeteo para asegurarse de que espabilaba y la hizo poner su mano libre en la herida de la cadera, presionando con un paño que cogió de una estantería.

—Aprieta la herida y camina, sólo son unos pocos pasos.

—Hay más ahí fuera. Es ridículo... —empezó a balbucear Maureen.

—Tu misma, no voy a obligarte —la cortó, seco, el bandido— Pero no tienes mucho para elegir.

Wade la dejó apoyada en la pared y se acercó a la salida del local. Abrió el pestillo y se detuvo. Miró hacia arriba y arrancó con cuidado la campanilla que pendía del marco de la puerta. Andando despacio, procurando no hacer resonar los tacones de sus botas sobre la madera del soportal, salió del local de telas y desapareció de la vista de Maureen. Ella estuvo así un rato, mirando al infinito. La resolución que la había sacado del banco parecía estar esfumándose, todo se estaba complicando demasiado. Wade se había quedado solo y no llevaba el botín del robo. Entonces, ¿para qué seguirle? Se preguntó, con cierta angustia.

Pero sabía que debía permanecer con él, quizá fuera su última oportunidad de recuperar el escrito. Reuniendo las pocas fuerzas que la quedaban, enfundó el revólver y salió del local. Con cuidado de no hacer más ruido del necesario al caminar, fue avanzando, despacio y con tiento, hacia la entrada de la tienda vecina. Era la del señor Engstrom, dedicada a la venta de todo tipo de avituallamiento, alimentos y productos de importación.

Alcanzó la manilla y abrió la puerta. No sonó tintineo alguno, Wade debía haberse encargado de eso también. A pesar de la oscuridad que ambientaba la amplia estancia, pudo apreciar los objetos en las estanterías, los muebles y la báscula proyectando una sombra difusa sobre la pared de detrás del mostrador. Pero no había nadie ahí, ¿había perdido de nuevo al bandido?

Cerró con mucho cuidado la puerta y caminó hasta el expositor. Se quedó apoyada ahí, sumamente cansada, mirando sin ver la pequeña exhibición de cajas de munición y revólveres que cubría la vidriera bajo ella. Qué diablos iba a hacer ahora? No tenía pista alguna para descubrir donde había ido Wade, ni ninguna esperanza de toparse con otro de los ladrones. Para rematar, tenía dos heridas abiertas las cuales, aún sin sangrar demasiado, debía tratar cuanto antes. Pero ella sola tampoco podía curarse a si misma. Maldijo su suerte, sintiendo como la angustia volvía en busca de su corazón.

Un sonido leve llegó a sus oídos, era una respiración jadeante. No sonaba nada agradable, era gorgoteante y ronca a la vez. Demasiado extraña y tétrica como para ser de alguien... vivo.

Otro más no, por dios, pensó desolada Maureen. A su pesar, sus instintos la hicieron ponerse alerta y mirar con atención en derredor suyo. Sus ojos lo encontraron y no gustaron de lo que descubrieron. Estaba tirado detrás del mostrador, su cuerpo acurrucado contra él. Las sombras y el agotamiento la habían jugado una mala pasada, y no lo había visto al entrar allí. Por lo que podía discernir bajo la tenue luz que entraba por la ventana, las ropas eran las habituales de Pike Engstrom. El viejo y amabilísimo dueño de la tienda. Aunque ya no sonaba como él.

Ella tanteo su revólver con su zurda, viendo como el hombre se empezaba a incorporar. No quería dispararlo, eso sólo atraería a más de esos asesinos infernales, pero no tenía nada mejor a mano. Desenfundó, sin apuntar, su arma y pidió al cielo que el señor Engstrom estuviera bien. Que sólo hubiera sufrido un desmayo o un tropiezo. Pero parecía que ese día Dust Town estaba fuera de la lista de los milagros celestiales.

Cuando el individuo terminó de ponerse de pie, se giró, moviéndose igual de espasmódico que el guardia del banco. Maureen vio su cara, era el tendero. Mordiéndose el labio, apuntó a la cabeza del pobre viejo y amartilló su arma. Un instante de duda retrasó su resolución, pero fue una orden inesperada la que la detuvo por completo.

—¡Alto! —exclamó Wade en algo que apenas fue más que un susurro. Estaba en el umbral de la puerta que llevaba al almacén y a la vivienda del dueño del local.

No dijo más. Se abalanzó sobre el viejo y, hacha en mano, le partió el cráneo. Sin gritar, sin poder atacar a su vez, el cuerpo de Engstrom empezó a caer de espaldas. Wade lo detuvo sujetándolo por el hacha incrustada en la cabeza. Lo depositó en el suelo con suavidad, desencajó el hacha y remató la faena. El filo caería tres o cuatro veces más hasta que el bandido se diera por satisfecho. Maureen sólo llegó a ver como la letal pieza metálica bajaba y subía cada vez más ensangrentada, acompañada de un escalofriante sonido de carne machacada y huesos crujiendo.

Wade terminó su dantesca acción y se dirigió a ella, mostrándola su cara teñida de rojo. Tampoco esa vez habló fuera de su habitual tono tranquilo. A la joven la dejaba perpleja semejante frialdad. ¿Qué clase de hombre no se arredraba ni enfrentándose a muertos revividos?

—Te has decidido a venir —jadeó. Machacar cráneos era una tarea ardua—. Mejor. Así nos haremos compañía por un rato.

Su intensa mirada grisácea encontró la de Maureen y se quedaron así unos segundos, sin decirse nada. Ella, sin desviar sus pupilas un ápice, devolvió el arma que había vuelto a empuñar a su funda y replicó con toda la socarronería que pudo imprimir a sus palabras.

—No quería dejar suelto a un encanto como usted, señor Wade. Podría hacerse daño si se pelea solo con todos estos chicos malos...

No pudo decir más. Su vista se ennegreció de súbito y sus fuerzas la abandonaron. No quedó inconsciente, pero había perdido la suficiente sangre como para rematar a su cuerpo cansado. No había cenado el día anterior, ni desayunado esa mañana tan fatídica. Estaba al límite y su cuerpo había decidido por ella. Se desmayó casi sin darse cuenta, quedando tendida sobre el mostrador donde se había apoyado antes.

La dolía todo, o casi. El golpe en la cabeza, las heridas en la espalda... Lanzaban latigazos dolorosos cada vez que intentaba moverse un poco. Pero al menos estaba cómoda. Cómoda... ¡Donde diablos estaba! Abrió los ojos de golpe y vio un mueble desconocido. Se giró y acabó mirando a un techo igualmente irreconocible. Pero sí recordaba la mirada del hombre sentado cerca de ella. Parecía haberse lavado la sangre que le había manchado antes. Pero fue otra cosa en él lo que la llamó la atención. Sujetaba un libro entre las manos... ¿Una biblia?

—Se ha despertado rápido, señorita —la dijo Wade. Cerró el libro y lo puso en la cómoda a la izquierda de Maureen.
—Cuanto... —empezó a preguntar ella, intentando orientarse todavía—. ¿Cuanto tiempo he estado...?
—Un par de horas. —Wade se levantó de la silla y miró a la joven con gesto serio— La tormenta ha parado, y para mí es el momento de largarme. No te puedo decir qué hacer a partir de ahora, pero eres una chica dura...
—¡No! —exclamó Maureen sorprendiendo al bandido.
—No puedes venir conmigo, chiquilla. No soy la mejor de las compañías para alguien como tú.
—No es eso. Robasteis algo que es mio... —se incorporó, entre gemidos doloridos, para quedar sentada en la cama— De mi familia. Un documento que no puedo perder.

Wade abrió los ojos, parecía haber entendido por fin cómo había llegado esa situación.

—Así que por eso te encontré en la calle. Es curioso, te cruzaste conmigo gracias a la tormenta y a esos condenados cadáveres... —dijo con una media sonrisa—. Pero no parece que estés en condiciones de seguirme.

Sus ojos grises se clavaron en el rostro de Maureen, inquisitivos y desafiantes a la vez. Esperaba una respuesta de ella, pero una de voluntad férrea, heroica si cabía. Y ella no dudó en dársela, tampoco tenía otra opción.

—Tengo que estarlo. Si no entrego el escrito... Matarán a mi madre —devolvió la mirada con la misma intensidad con que la había recibido —. No puedo fallar.

Wade sonrió. Esa mujer era la clase de gente que había aprendido a respetar, gente con auténtica voluntad propia, luchadora. Gente a la que a él no le importaba ayudar, quizá para enmendar un poco los crímenes que había cometido durante su vida.

—En ese armario hay camisas y una chaqueta. Te esperaré abajo —la dijo dirigiéndose a la saliendo de la habitación. Con el pomo de la puerta en la mano se giró ligeramente hacia ella y, sonriendo de nuevo, la dijo— Soy Ben Wade, por si tienes que llamarme.

—Maureen O'Sullivan —replicó ella justo cuando el hombre desaparecía del umbral.

Entonces se dio cuenta, no llevaba camisa y unas vendas hábilmente dispuestas cubrían sus heridas. Asustada, miró debajo de las sábanas y se rió para sí misma. Todavía llevaba sus pantalones puestos y las botas, ensuciando de tierra y polvo las telas que cubrían la cama. ¿Sería posible que Ben Wade fuera un bandido decente?

Un rato después, Maureen reapareció en la tienda del local. Vio a Wade observando de forma disimulada la calle, por una muy buena razón. La tormenta había dejado tras de sí una visión espeluznante. Cuerpos destripados por la calle, sangre y vísceras mezclada con arena. Y ahí estaban ellos, los cadáveres errantes. Lo peor es que no todos eran desconocidos para ella, no todos eran cuerpos de pellejos resecos y músculos parduzcos y demacrados. Reconoció a ciudadanos de Dust Town, aunque presentaban terribles desgarros y heridas de gravedad letal en sus cuerpos. Se acordó del guardia del banco e intuyó una relación, aunque era incapaz de ver cual. ¿Qué diablos estaba pasando? Se acercó a Ben, andando agachada, y se recostó con cuidado contra la pared del expositor que había en el escaparate. Las heridas la molestaban aún con las vendas.

—¿Y ahora qué? —inquirió Maureen en voz baja.
—Te queda bien la chaqueta —observó con sombrío humor Wade. Otra vez usaba su sangre fría para someter al miedo y la duda que otros estarían exhibiendo en un momento así—. No creo que los otros hayan huido todavía. Perdimos los caballos con la tormenta, así que deben andar en alguno de estos locales todavía. Pero a saber cual.

Debían tomar una resolución, tarde o temprano alguno de esos desgraciados los percibiría. Mientras meditaban en silencio, ecos atroces llegaban a sus oídos. Eran el horror en forma de gritos desesperados, de detonaciones infructuosas de armas. Pero el murmullo gutural que parecían emitir, asemejando un coro siniestro, esos caníbales putrefactos era aún más dantesco. Era el auténtico sonido de la amenaza implacable que estaba asolando Dust Town.

De repente, unos disparos muy cercanos hicieron reaccionar a Wade y Maureen. No se podían creer su suerte, el tal Dutch y su corpulento compañero habían salido de la tienda que había justo enfrente. Además de llevar las bolsas del botín, estaban obligando a un grupo de personas a salir delante de ellos. Maureen se mordió el labio al ver quienes eran, una familia que ella conocía. La madre aferraba de los hombros de sus dos hijos con inevitable desesperación, todos ellos tenían las caras blancas de puro horror. Los bandidos los habían obligado a salir delante suyo a punta de pistola, convirtiéndolos en aterrados escudos humanos.

—Han matado al padre, muy listos —observó Wade.
—¡No tenéis límites en tu banda o qué! —increpó en voz baja Maureen, absolutamente indignada.
—Según las circunstancias... —replicó el criminal y la miró con gesto serio. No parecía importarle mucho lo que hiciera Dutch con esa gente— Si quieres recuperar el documento, es el momento.
—Claro, ¿y qué harás tú?
—Lo que crea conveniente.

Maureen resopló con desprecio y se acercó a la puerta de salida, apoyándose en el marco. A través del vidrio observó cómo Dutch forzaba a avanzar al irregular grupo, pero iban demasiado despacio. Los muertos lanzaron sus manos, los que aún tenían, tratando de aferrar esas carnes tiernas que intuían tan cerca. Los niños empezaron a gritar, a llorar de puro miedo, aferrándose a las faldas de su madre que tampoco sabía que hacer.

No aguantó más y se precipitó a la calle, abriendo con estruendo la puerta. En la mente de Maureen los ojos apagados de la pobre Lucy la pedían hacer pagar a esos dos por su crueldad. Avanzando en diagonal, hundía puñetazos con sus manos enguantadas a los cadáveres que la encaraban, tumbándolos con sorprendente facilidad. Serían fuertes, pero estar hechos de poco más que piel y huesos jugaba en su contra. Con los que tenían mejor aspecto, como los ciudadanos convertidos de Dust Town, Maureen se limitaba a escabullirse entre ellos. La muerte les había nublado la visión y ralentizado los reflejos, algo que ella aprendió a usar en su favor muy rápidamente. Pero no podía pararse o la atraparían.

Apenas había llegado a cruzar la mitad de la avenida, cuando vio que los delincuentes descargaban sus armas a la desesperada sobre los muertos que se les venían encima. Desperdiciando munición, sólo lograron llamar aún más la atención sobre sí mismos. Parecía que el oído era el único sentido sano que quedaba en esos cuerpos decrépitos. Viéndose atrapados, no dudaron en arrojar a los muertos a la madre y a sus hijos a la masa caníbal que los reclamaba y huir corriendo de allí. Maureen frenó en su avance, los dientes apretados de pura rabia. ¿Cuán ruines podían ser esos dos bastardos? Empezó a forzar su camino hacia la infortunada familia pero algo la agarró del brazo y tiró de ella hacia atrás, dándola la vuelta. Era Wade.

—No puedes salvarlos, Maureen —su expresión no admitía réplica. Su tono, todo autoridad y racionamiento frío—. Véngalos.

Se zafó de su mano, mirándolo airada y absolutamente cabreada. Sabía que tenía razón, y esa sensación era aún peor. No replicó, se limitó a salir a la carrera tras los bandidos, con Wade siguiéndola muy de cerca. No lo pensó mucho, pero Maureen se extrañó por encontrar un destello de moral en aquel hombre. Sin usar sus armas para no llamar la atención de vivos o muertos, consiguieron dar alcance a los bandidos cerca del límite sur de la ciudad. Curiosamente por ahí no había difuntos errantes, todos parecían estar concentrados en el centro de Dust Town, pero sí se intuían siluetas en el horizonte. Quizá las de una segunda oleada. Pero eso a ella no la importaba en ese momento, sólo había una visión de sangre en su mente.

Los bandidos se detuvieron, indecisos de cómo proseguir. Parecía que hubieran salido corriendo sin un plan claro de huida. Buscando alrededor suyo una escapatoria a esa situación tan increíble, vieron como Wade y un desconocido se acercaban a ellos. Ben no dejaba traslucir sus emociones en absoluto, bien acostumbrado estaba a vérselas en situaciones semejantes, pero Maureen no ocultaba en lo más mínimo su odio.

—Ben, cómo se llaman esos dos.
—Vaya, ¿quieres empezar con formalidades? —dijo con una media sonrisa —. Dutch Martin es el delgado, el otro Leslie Bishop. ¿Cual quieres?
—A los dos —masculló la joven, irguiéndose todo lo alta que era para dirigirse a ellos. Su zurda ya tanteaba la culata del revólver, pero se obligó a mantener la calma. No podía precipitarse—. ¡Eh, bastardos! ¡Tenéis deudas que pagar!

Dutch fue el que replicó, era obvio quien de esos dos era el que mandaba. Dejó caer las bolsas que llevaba con el botín, algo que imitó el otro bandido, y respondió con altivez.

—¿Deudas? ¿Quién diablos es esta, Wade?
—Alguien a quien deberíais escuchar, Dutch. Por cierto, ¿donde vas con mi dinero?
—¡Vamos, Wade! Pensábamos que te habían matado esos desgraciados, ¡qué rayos esperabas!
—¡Quién de vosotros...! —interrumpió Maureen. Se la quebró la voz al recordar a su amiga, pero sólo por un instante—. ¡Quien mató a la cajera del banco!

Los bandidos no respondieron, ya entendían de qué iba el asunto. La tensión crecía en el aire y todas las manos estaban cerca de sus respectivos revólveres. Sólo el murmullo de fondo de la muerte asolando la ciudad, con sus cada vez más escasos alaridos de dolor y pánico, llenaba el espacio entre esos cuatro duelistas improvisados. Esperaban una señal, un movimiento en falso, una simple palabra a destiempo. Fuera lo que fuese, sólo la pólvora respondería a la pregunta de la joven.

Quizá fue un efecto de la luz, o quizá fue cierto que Maureen desenfundó primero, disparando al estómago de Bishop. Éste justo había dirigido, en ese mismo instante, su mirada a Wade y así fue que no pudo disparar una sola vez. Cayó al suelo de rodillas, mientras Dutch sí llegaba a disparar a Maureen al pecho, alojándola una bala entre las costillas. Wade disparó dos veces, en rápida sucesión, a sus antiguos compañeros. Su precisión casi sobrenatural les reventó el corazón a los dos. Después se acercó a los cuerpos para rematarlos, reventándoles la cabeza. La intuición le decía que así evitaría que se levantaran de nuevo en busca de su cuello.

Enfundó su revólver y cogió las bolsas de dinero con un gruñido. Pesaban bastante a pesar de no ser muy abultadas. Después se acercó a la joven y la dedicó su mejor sonrisa torcida. Había quedado sentada en el suelo, respirando con dificultad. Había tenido suerte, la bala había impactado justo en una costilla, partíendola, pero a la vez rebotando por haber incidido justo por el costado.

—Con un poco de práctica podrías ahorrarte tantas heridas, Maureen.
—Dame... Dame el documento, Wade —le espetó entre dientes. El dolor que sentía era tremendo, pero en su cabeza ya sólo había sitio para acabar con lo que tenía que hacer. Intentar salvar a su madre, si es que todavía era posible.
—Cuéntame tu historia... mientras te busco el papel.

Maureen se sorprendió, ¿qué le importaba a ese hombre su desgracia? Pero el hombre esperaba que se lo dijera. Había dejado las bolsas en el suelo, acuclillándose sobre ellas, dejando sus manos sobre ellas pero sin abrirlas aún. Ella suspiró y asintió de mala gana.

—Ayer, el bastardo de Seth Landport mató a traición a mi padre. Lo cosieron a balazos él y sus hombres. Después fueron a casa, nos mostraron el cuerpo y nos llevaron a la taberna que tiene Landport en la ciudad. Me dijo que o traía el papel de propiedad de las tierras de mi familia o mataba a mi madre y a mí después. Fin de la historia.

Wade buscaba entre el botín, mirando alternativamente a los alrededores, por si algún muerto le daba por aparecer por allí. Aunque, muy extrañamente, parecían estar acudiendo todos al centro de la ciudad. Los que parecían verse en el horizonte no parecían terminar de acercarse nunca. Todo eso le parecía muy raro pero seguía buscando, no en vano se consideraba un hombre de palabra. De repente sacó un papel de una de las sacas. Lo leyó con atención y después se lo tendió a Maureen.

—Creo que esto es suyo, señorita O'Sullivan. —la joven lo cogió pero él no lo soltó. Ella le miró inquisitiva—. Escuchame Maureen, he oído hablar de ese tipo, y dicen que está muy loco. Deberías dar a tu madre por muerta. Con suerte ya se estará vengando de ellos, aunque sea como uno de esos caníbales —remató indicando con la cabeza hacia la ciudad.

Maureen no podía replicar, no había reflexionado sobre nada más allá de conseguir el maldito papel. Y ahora un criminal la estaba avisando de lo despiadado que era otro. Vaya un maldito día de mierda. Su mirada cayó al suelo, sus labios apretados blanqueaban por la tensión a la que los estaba sometiendo. Su instinto la decía que Wade tenía razón, que volver a la ciudad para entregar el documento era totalmente absurdo. Bien podrían estar todos muertos ya. Pero una idea creció en su mente, un pensamiento estúpido y suicida. Llegaría hasta el final y no había más vueltas que dar al asunto. Levantó su cabeza y, con una sonrisa trágica iluminando su rostro, respondió al delincuente de tan extraña moral.

—Tengo que acabar esto, sea como sea.

Wade soltó el papel y la ayudó a incorporarse. Maureen no le miró a la cara, intentando ocultar las lágrimas que recorrían la suya, en mezcla amarga de dolor y de tener certeza clara de que un final terrible se abalanzaba sobre ella. Se soltó de la mano del pistolero y enrolló el papel con cuidado, aunque no pudo evitar mancharlo con su sangre. No dijo nada, no se atrevía a girarse de nuevo. Su voluntad podría flaquear y hacerla huir de allí con el criminal. No, seguiría adelante, aún sin esperanza alguna de salvarse.

No pudo andar muy rápido, la costilla rota la hacía sufrir cada paso que daba, pero ningún revivido intentó atacarla. Al acercarse al centro de la ciudad vio el motivo, todos esos cadáveres reanimados se concentraban en torno a un sólo edificio. Algo había allí que los atraía, que los llamaba con un reclamo inaudible. Se agolpaban en torno a sus paredes, las golpeaban salvajemente, como si quisieran demoler el lugar a manotazos. Era la taberna de Landport y era allí donde Maureen debía ir con el documento. Herida como estaba no podía siquiera soñar en pasar a través de esos monstruos. Necesitaba un plan... Y sus ojos encontraron la solución, el local del señor Engstrom.

Dust Town había sido fundada como colonia minera y el viejo se había instalado allí para vender todo tipo de herramientas y vituallas a los buscadores de oro que se acercaban por la zona. Eso incluía, por supuesto, armas y explosivos. Fue lo más rápido que pudo al local y revolvió todas las estanterías y armarios que encontró, apenas dedicando una mirada al cuerpo que yacía allí olvidado, no había más sitio en su cabeza que entrar en la taberna. Dio con una caja de cartón amarillenta ya abierta que contenía algunos cartuchos de dinamita, parecía que alguien había cogido apresuradamente otros pocos antes que ella. Después buscó mechas, por suerte había algunas cerca, unas cerillas y un cigarro puro. Ahora sí se abriría paso con seguridad.

El sol estaba en lo alto, resecando indiferente la casquería y la sangre derramada entre el polvo de las calles de Dust Town. Maureen había preparado varias cargas con mechas cortas, no quería estar esperando una eternidad para avanzar entre explosión y explosión. Ignorando los dolores que laceraban el cuerpo, encendió el cigarro y le dio una chupada. Tosió. Era la primera vez que fumaba, pero sabía que era lo mejor para encender mechas de forma continuada. Prendió la primera, arrojándola inmediatamente a la marabunta de cuerpos y se agachó. Pasaron los segundos y, justo cuando creía que no sucedería nada, una tremenda detonación la tiró al suelo.

Los cristales de todos los edificios cercanos reventaron, ofreciendo una refulgente lluvia de astillas vidriosas. Trozos de tierra, carne y huesos mutilados volaron por los aires, cayendo por todas partes. La dinamita funcionaba, vaya que si lo hacía. Maureen se incorporó y no pudo evitar sonreír al ver el resultado. Había abierto un buen boquete en la masa informe y agresiva que pretendía penetrar. Dos cargas posteriores más la dejaron el camino libre para llegar hasta la puerta de la taberna. Ahí también tiró otro cartucho, reventando la puerta, parte de la pared y despedazando a todos los muertos que se habían apilado sobre ella.

Nunca nadie había hecho una entrada más contundente en la taberna de Landport. Cuando Maureen entró a través del enorme boquete en el que había convertido la entrada, se encontró con los ojos expectantes de quienes estaban resistiendo dentro. Eran los mismos desgraciados que habían tiroteado a su padre, pero no veía al bastardo de su jefe entre ellos. Levantando sobre su cabeza el documento de propiedad de las tierras de su familia, gritó.

—¡Seth Landport! ¡Da la cara y cumple con el trato! ¡Aquí está el escrito!

Varios revólveres apuntaron hacia ella, aunque ella no se arredró. Con el papel en alto, el cigarro en la boca y la otra mano cubriendo la herida del torso, caminó por la sala. Se acercó a las escaleras que daban a la planta superior, sabía que Landport tenía ahí su suite particular. Cuando empezó a subirlas una voz conocida, relamida y excesivamente orgullosa, llegó desde arriba.

—¡Pero si es la señorita O'Sullivan! Has tardado mucho en conseguir un mísero papel. ¿O es que el gordito de Ritchmond te lo puso difícil? —su risa burlona remató la frase.

La quedó claro que la oposición del director del banco había sido otro sucio truco suyo para torturarla aún más. Pero notó algo más en esas carcajadas, nerviosismo.

—Sube Maureen, y cerraremos el trato. Vosotros —dijo a los hombres que tenía en la planta inferior—, tapad como sea ese estropicio.

Maureen tardó en subir las escaleras, cada peldaño que superaba era una tortura para su cuerpo. Cuando llegó arriba se quedó frente a frente con su chantajeador, al que le encontró más pálido de lo habitual. Ese hombre tenía miedo, aunque no precísamente de ella. Sin embargo, la expresión de su rostro y el tono que usó para hablarla no lo delataron. También era un tipo duro.

—Bueno, ya está. Trato cumplido —dijo, cogiendo de un manotazo el documento que Maureen le tendió. Apenas lo echó un vistazo y cogió el cigarro de la boca de la joven, para después prender el papel por una esquina.
—¡Hijo de perra! —le espetó a la cara, más que irritada por esa humillación.
—¿Qué esperabas, niña? Nunca me hizo falta, pero soy así de juguetón. Pero tranquila, aún queda el premio gordo para ti. Ve por ahí, segunda habitación a la derecha.

Los ojos de Maureen se abrieron, entendía lo que esa frase implicaba. Landport no dejaría de torturarla hasta que se aburriera de ella, hasta que su sadismo estuviera satisfecho. Le daba igual el estar rodeado de un ejército de muertos que querían devorarle los intestinos, o quizá creía que sus hombres serían suficientes para huir de allí.

La joven fue al pasillo que Landport la señalaba con la mano, seguido muy de cerca por él y un par de sus hombres. Llegó a la puerta de la habitación indicada y, tras dudar un instante, agarró el pomo y abrió. Nunca pensaría que cabría aún más horror en su mente, pero así fue. El cadáver de su madre estaba atado a las esquinas de la cama en una postura humillante. Lo poco que quedaba de su vestido dejaba entrever mucho más de lo que era decoroso. La sangre bañaba las sábanas y cortes, quemaduras y moratones salpicaban lo que fuera antes una piel lozana. Su hija se acercó temblando, olvidándose de sus heridas, negándose a creer lo que veía. Landport no era un loco, era un maldito maníaco, un ente peor aún que esos muertos que habían asolado Dust Town. Abrazó el cuerpo de su madre, poniendo su cara junto con la de su madre. Por suerte, pensó Maureen, no había muerto con una expresión dantesca en su rostro. Después cerró los ojos, preguntándose en su mente qué había hecho su familia para merecer tal castigo.

—Wade —murmuró entre lágrimas—, tenías razón...
—¿Qué balbuceas, niña? Más te vale que sean oraciones, porque no pienso dejar testigos —dijo, sentencioso, Landport—. La zorra de tu madre nos dio mucha diversión, nos encantan las que se resisten. ¿Sabes lo que se me ocurre ahora? Ahora la echaremos a esos monstruos de ahí fuera, para que se entretengan un rato y mientras... —una sonrisa de maníaco llenó su boca. Realmente era un desequilibrado—. Bueno, todavía tenemos tiempo para pasar otro rato entretenido.

Maureen no lo escuchaba, Landport se había convertido en un murmullo en su mente. Ni siquiera sentía miedo por ella misma, sólo la importaba estar ahí con su madre. Así, esperando su final, vio como un extraño brillo empezó a cubrir los ojos medio abiertos de la señora O'Sullivan. De repente, ésta parpadeó y, con un movimiento seco y rápido, se soltó de todas sus ataduras. Se puso en pie y se encaró con Landport y sus dos matones, mientras que su hija acabó tirada en el suelo, totalmente congelada por el susto y el desconcierto.

Una voz sobrecogedora, profunda, brotó de todas partes y de ninguna en particular. Pero Maureen la reconoció, era la de su madre.

—Landport... —le llamó, señalándolo con gesto siniestro— Tú irás al infierno junto con esta ciudad condenada.
—¡Disp... Disparad, maldita sea! —gritó el aterrado aludido mientras retrocedía instintivamente al pasillo.

Sus hombres apenas si acertaron a desenfundar sus armas, invadidos por el miedo como estaban, pero finalmente dispararon con tino. Sin embargo, el plomo no afectó en modo alguno a la mujer. Se abalanzó sobre ellos a velocidad sorprendente y les cortó completamente el cuello con un gesto rápido de su mano. Sus cabezas cayeron, junto con sus cuerpos, llevando una expresión de sorpresa horrorizada tallada en sus rostros para la eternidad. La mirada de esa asesina se había levantado, despacio, centrándose en Landport. El hombre apretó los dientes, entre irritado y asustado, y huyó a la carrera. La mujer resucitada se dio la vuelta, y se acercó a su hija. Maureen estaba sentada en el suelo, acurrucada contra una esquina de la habitación, incapaz de articular palabra. Pensaba que no podía ser posible, esa cosa no podía ser su madre. Era un diablo que había tomado el cascarón vacío que su alma había dejado atrás. Pero ese diablo se arrodilló junto a ella y la abrazó con increíble ternura, la misma que la señora O'Sullivan siempre había tenido para con su hija.

—Maureen... Maureen, mi niña... ¿Qué te han hecho?

La joven no supo contestar, embargada como estaba por la sorpresa y la incredulidad. Esa voz, esa delicadeza... La reconocía, pero no se lo podía creer. ¿Cómo era posible? ¿No debía haberse convertido en otro de esos difuntos errantes de la calle?

—Escucha hija —continuó hablando la mujer revivida, sujetando por los hombros a Maureen mientras la miraba a los ojos. Ahora los suyos parecían normales, al borde del llanto—, hay algo que debes saber antes de que se me acabe el tiempo... Soy navajo, la hija de un poderoso chamán. El asesinarme ha desencadenado una maldición a la que mi padre me vinculó por si pasaba lo que has visto aquí —Acarició el cabello de su hija, sabía que sería la última vez que lo haría—. Ahora mismo él ve con mis ojos y te ha conocido por fin. Huye de aquí. Busca al coyote negro, Maureen. Aprende de él y hazte fuerte, no dejes que te maten como lo han hecho conmigo.

La mujer empezó a levantarse, ayudando a incorporarse a su hija. Quedaron frente a frente, agarradas de la mano, diciéndose muchas cosas sin mover los labios. Maureen ahora creía en lo que veía, era su madre a quien tenía delante. Se había convertido en el instrumento que culminaría la venganza sobre esa ciudad que había sido indiferente a las tropelías de Landport, pero a un precio demasiado alto.

—Maureen, me estoy convirtiendo en una de ellos. Ten cuidado cuando salgas de aquí...

Dijo esas últimas palabras según se alejaba de Maureen. Se dedicaron una última mirada cuando la mujer se encontraba en el umbral de la habitación. Una inaudible despedida después y ya no estaba allí, se había esfumado. Lo siguiente que llegó a sus oídos fueron ruidos de disparos y los gritos de los hombres de Landport acompañados del familiar gemido de la horda de cadáveres andantes que estaba atacando la taberna. Ahora sonaba distinto, como si estuvieran... Dentro.

Maureen se forzó a caminar. Tenía un objetivo o, mejor dicho, una excusa para sobrevivir. Pero antes debía ver cómo Seth Landport moría de una forma miserable, tenía que verlo o nunca estaría segura de que se había hecho justicia. Con esa determinación salió del lugar, agarrándose su todavía sangrante herida del torso. Apoyándose en las paredes fue, lo más rápido que pudo, a la sala principal y se encontró con un espectáculo dantesco. Los cuerpos despedazados de varios hombres estaban tirados por el suelo, sus intestinos colgando por el borde del balcón que daba a la planta inferior. Los que quedaban estaban forcejeando contra una mujer que, rugiendo como una fiera, les lanzaba zarpazos y golpes mortales.

En la lucha, Landport desenfundó su revólver pero la que fuera la señora O'Sullivan lo alcanzó en la mano que lo empuñaba, lanzándo el arma justo a la esquina desde donde Maureen estaba observando sin saber qué hacer. Reconoció la pistola, era la de su padre. Había sido encargada por su madre como regalo de cumpleaños, hacía unos años atrás. Un Colt magnífico, parecido, curiosamente, al que usaba Wade. Uno propio de un pistolero de gran habilidad, el arma perfecta para ella. La cogió, dándose cuenta por primera vez de que había perdido la otra tras el duelo contra Dutch y su compinche, y revisó su munición. Su tambor estaba lleno, seis balas en sus recámaras. Tres hombres por liquidar, Landport y otros dos de sus matones más fuertes. Y, por supuesto, quedaba el monstruo antropófago en el que se había convertido su madre. Hizo sus cálculos y decidió un plan, tornándose su mirada en algo oscuro y su sonrisa en la más tétricas que jamás se hubiese visto en ese lugar de degradación.

No dijo nada, no dio ningún aviso. Se acercó al individuo que tenía más cerca, quien estaba aferrando un brazo de su madre, y le voló la cabeza. El otro se lo dejó a ella, sabiendo que poco le duraría, y se centró en su auténtico y único objetivo. Landport. El maldito se había intentado alejar pero el miedo ya se estaba apoderando de él, paralizandolo. Se sabía perdido y no podía asumirlo. Veía todo su pequeño y ridículo reino desmoronarse ante sus ojos, todo su poder convertido en nada por... Por... ¿Por unos cadáveres?

Un clic demasiado reconocible le hizo mirar al cañón que le apuntaba. No temblaba un ápice, estaba perfectamente centrado en su entrecejo. Y quien empuñaba ese arma tenía un rostro de gesto aún más temible. Su respiración agitada era engañosa, esa chica lo iba a matar sin dudar.

—¡E... Eh! Un... momento... —al hombre de la locuacidad cruenta se le trababa la lengua en sus últimos instantes.
—El cinto. Devuélvemelo —le ordenó Maureen con absoluta frialdad. Lo había reconocido, también era de su padre.

Cogió el cinturón y se lo hechó al hombro, ignorando el dolor que la supuso hacer ese sencillo movimiento. Un gruñido la hizo apuntar a otro lado, a quien hasta entonces jamás hubiera esperado tener que disparar.

—Lo siento madre... Adiós.

Con brutal puntería, la cabeza de la mujer fue propulsada hacia atrás, junto con el resto de su cuerpo. Cayó a plomo, muerta, sus sesos desparramados por el suelo. Se había acabado su agonía. Rápidamente devolvió el extremo peligroso del revólver a apuntar al desgraciado que las había llevado a esa maldita situación. Landport había intentado escabullirse, pero apenas había dado dos pasos y Maureen lo gritó.

—¡Quieto bastardo! Ahora me voy a reír yo. Apóyate en la barandilla, ¡Vamos!
—Qué... ¡Qué vas a hacer!
—Oh... bueno. Algo que sé te va a gustar. Date la vuelta y mira abajo.

El espectáculo en el piso inferior no era mucho mejor que en el de arriba. Sangre y vísceras por doquier y un trío de hombres desesperados resistiendo tras la barra del bar. Un fuego había prendido en las paredes del local, y estaba trepando por la estructura de madera. No tardaría en convertir la taberna en un completo infierno.

—¿No los oyes? Ahí abajo te reclaman tus muertos, Landport. Ve a recibirlos, bastardo.

Maureen le disparó justo en las rodillas de ambas piernas y, antes de que se cayera al suelo, lo pateó. Acompañado por trozos de la baranda, no voló mucho, ni muy lejos, pero su descenso resultó liberador para ella. No dejó de mirar mientras el hombre caía, ni cuando forcejeaba con las bestias de remota apariencia humana que empezaron a devorarle. Incluso le escuchó gritar más que un cerdo en manos de un carnicero. No sonrió al ver ese final, apenas parpadeó siquiera, sentía la máxima indiferencia por ese desgraciado. De paso, creyó ver fugazmente al director del banco participando de tan peculiar festín y eso la hizo buscar a Lucy entre las cabezas que asomaban entre la masa asesina.

Sin embargo, los muertos habían empezado a subir las escaleras. Aunque torpes por su mala visión, no tardarían mucho en llegar allí y lanzarse por ella. Tan rápido como pudo, cambió el cinto que había tomado del guardia del banco por el que había recuperado de Landport. Enfundó el revólver y se largó a una de las habitaciones que daban a la parte delantera de la taberna. Todas tenían la llave echada. Irritada y sintiendo la amenaza más cerca, disparó dos veces a la puerta de una ellas y la dio una esforzada patada, abriéndola de par en par. No había nadie, o amenaza alguna. Salió al balcón y pudo ver la ciudad, o lo que quedaba de ella. Estaba ardiendo, el fuego brotaba de todas partes.

—¿Pero qué...? —musitó la joven.

Miró hacia abajo, al tejadillo que cubría el soportal. La explosión de antes lo había reventado por el centro, pero los laterales parecían todavía firmes. Podría bajar por ahí hasta la calle pero... Aún quedaban muchos cadáveres que pululando por ahí, y sus heridas ya no la dejaban correr ni zafarse como hizo antes al perseguir a Dutch y al otro bandido fornido. Para colmo sólo la quedaba un cartucho de dinamita... —¿Por qué rayos Landport no se lo había quitado?, pensó fugazmente—. Y  sabía que con eso no sería suficiente para abrirse paso. De todos modos bajó, con doloroso empeño, al lateral del vierteaguas que se encontraba más cerca de ella. Ahí se quedó, intentando ver algún hueco por el que colarse entre los muertos. No pudo ver mucho, la vista se la estaba nublando y notaba como su cabeza se estaba volviendo más pesada. Seguramente fuera una fiebre. Llevaba demasiado tiempo con una herida sin tratar, que dolía horrores y por la que perdía sangre en cada mínimo movimiento. Así no podría ir a ninguna parte, la huida era imposible para ella. Pensó entonces en suicidarse con el explosivo, sólo tendría que tumbarse y esperar su fin. Sería algo mucho mejor que morir devorada como Landport.

Sentada, con el cartucho en su diestra, miró al cielo sin nubes y después encendió la cerilla en su otra mano. Pero no llegó a encender la mecha.

—¡Señorita! ¡Tirales la dinamita! —la gritó alguien de repente.

Maureen giró su cabeza, sorprendida. Esa voz la sonaba de algo... ¡El trampero! Lo había olvidado por completo. Estaba subido al tejado de un edificio contiguo, con una carga de dinamita en la mano. Con la otra la estaba señalando algo en la calle, ¡Wade montado a caballo! Estaba lejos, pero no tanto como para no distinguir su particular sonrisa de hombre confiado. Maureen asintió con la cabeza y prendió el explosivo. Arrojó la dinamita justo a los muertos que había bajo ella y el trampero hizo lo mismo pero en un punto un poco más alejado, abriendo paso a Wade con las explosiones. El bandido se lanzó al galope, aferrando con una mano otra montura para la joven. Llegó rápido a donde ella se encontraba y colocó el caballo justo para que pudiera Maureen saltar sobre él. Nunca había utilizado ese truco, pero sabía que no tenía tiempo de pensárselo, así que lo hizo y se montó de golpe sobre el animal. Gritó de dolor al caer pero apretó los dientes y se afianzó en la silla.

Los muertos volvían a cernirse sobre ellos, cerrando la brecha abierta en sus irregulares filas. Maureen no estaba dispuesta a dejarse atrapar y, seguida por Wade, cabalgó por ella, llevándose por delante a cualquiera de esos monstruos que se arrojara contra ella. Johnny B apareció detrás suyo, montado en un mesteño, y arrojó otra carga de dinamita hacia la todavía enorme masa de muertos que intentaba darles alcance.

Apenas oyeron esa última explosión. Iban tan rápido, tan concentrados en huir que no repararon en echar la vista atrás hasta que dejaron un buen puñado de millas entre ellos y esa ciudad condenada. Maureen vio entonces a Dust Town recortada contra el horizonte azul, humeante por sus cuatro costados. Devorada por el fuego y la ruina. De repente, sintió una presencia inesperada a su lado, un coyote que la miraba con descaro. Un coyote de pelaje total e intensamente negro. El animal miró entonces a la ciudad y la joven y los bandidos lo imitaron.

Lo que vieron entonces fue más que sorprendente. Un enorme tornado marrón había aparecido de la nada y se cernía sobre la localidad condenada. Incluso desde la distancia se percibía su furia, su rugido demoledor. No necesitó más que unos minutos para reducirla a algo menos que un recuerdo polvoriento desvaneciéndose en la distancia. El brutal fenómeno acabó extinguiendose, como si nunca hubiera existido, llevándose con él todo lo que fue Dust Town.

El silencio lo llenaba todo, era sobrecogedor. Wade se giró hacia Maureen, la muchacha estaba aguantándose las lágrimas. Lo había perdido todo en un sólo día, de una forma tan cruel que ni él mismo encontraba comparación con sus propias fechorías.

—Qué quieres hacer ahora, Maureen —la preguntó con suavidad el pistolero.

La joven no respondió inmediatamente, miró al coyote que estaba sentado a su lado. Quizá no lo viera más que ella, que fuera una ilusión provocada por la fiebre. Daba igual, lo seguiría a donde fuera. Aún alguien la estaba esperando en alguna parte. Se irguió, agarrándose de nuevo la herida de su costado y se dirigió a los bandidos.

—Pediros un último favor. Ayudadme con esta herida para que pueda seguir mi camino. Alguien me está esperando en otro lugar —hizo un gesto con la cabeza, hacia donde estaba el animal—. El coyote será mi guía.
—¿Coyote? ¿Qué...? —empezó a decir Johnny B, no lo había visto todavía—. ¡Ah! Vaya un bastardo sigiloso. Debo estar perdiendo olfato...

Ben Wade asintió a la joven, sonriéndola. No se había equivocado con ella, había merecido la pena ayudarla. Un buen rato después, cuatro siluetas se separaban en silencio. Ben Wade y su peculiar compañero Johnny B Good en busca de un buen lugar para gastar la pequeña fortuna que habían robado. Maureen O'Sullivan siguiendo a un coyote negro, misterioso guía hacia un nuevo destino para su vida. Se haría más fuerte, más peligrosa, más astuta. Alguien a quien los malnacidos como el defenestrado Seth Landport temieran con sólo verla llegar.

Pasaron las horas en el lugar, y la tarde empezó a declinar. No había más que arena cubriendo el terreno donde antes se asentaran los edificios de una extinta ciudad. No había rastro de nada, ni siquiera quedaron marcas de los cimientos. Pero algo se revolvía bajo la arena, a espasmos irregulares. Terminó por levantarse, revelándose su figura humana. Era una mujer joven, con el pecho perforado por un disparo justo a la altura del corazón. Estaba muerta y lo sabía, era consciente de su condición. Recordaba los momentos de confusión al revivir, cómo empezó a devorar al señor Ritchmond, y cómo recobró la cordura tras verlo convertido en un monstruo caníbal como ella. Rememoró también las lágrimas que alguien había vertido sobre su cuerpo inerte... ¿Quien la había llorado? ¿Maureen? ¡Maureen! ¡Qué había sido de ella! Debía encontrarla. Alrededor suyo no había más que una explanada enorme y, en el horizonte, sólo las montañas que regían el paisaje con absoluta indiferencia.

Lucy no entendía qué había pasado pero no la importó. Algo la decía que se la había concedido una segunda oportunidad en compensación a su muerte injusta. Que estaba en su mano hacer lo que la conviniera con ella. Se sacudió el polvo que la cubría y dejó sueltos sus cabellos dorados. Con un gesto de la mano, hizo que sus nuevos sirvientes del inframundo se levantaran de nuevo para seguirla y empezó a caminar. Así, la nueva reina de los muertos inició su marcha, acompañada del ejército más siniestro que hubiera pisado jamás esas tierras.

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