lunes, 15 de octubre de 2012

La herida de la traición (relato)

Aquí les brindo otro relato, uno que mandé al último concurso de relato corto convocado por la Asociación Cultural Forjadores. No, ni quedó ganador o entre los finalistas (los cuales se pueden encontrar ahora en este enlace). Por eso lo dejo aquí, porque no hay que avergonzarse de las derrotas. Es una pequeña historia en la que traté de combinar magia con referencias bélicas modernas, además de insinuar una historia de conspiración. Ustedes dirán si logré aproximarme a la idea. Por cierto, un vehículo VAMTAC es esto.

Por último indicarles que la ilustración es de Chris Cold y se titula Perl.

La herida de la traición

Dos tanques. Dos malditos tanques salidos de la nada les estaban bloqueando el paso hacia la base. No sólo obstruyendo el camino, además disparaban. Uno de sus vehículos ya había sido alcanzado y el resto de la caravana se estaba dispersando por los márgenes de la carretera, buscando quitarse de la mira de esos condenados trastos. Hasta el capitán Conrado Vega estaba sorprendido, pero no se dejó paralizar por ello.

—¡Pero qué cojones! ¡Una puta emboscada! —increpó el sargento a su lado, quien conducía el VAMTAC.
—Salga de la carretera y pónganse a cubierto. Voy a ver si queda alguien vivo ahí —dijo Vega, señalando al vehículo destrozado que humeaba unos metros más adelante—. ¡Qué mira, sargento! Cumpla la orden, ¡vamos!

No dio tiempo al suboficial a replicar y bajó a tierra. Corrió medio agachado hasta la parte de atrás del enorme todo terreno abatido y echó un vistazo al interior. No miró sólo con sus ojos, proyectó su poder para comprobar el estado de los pasajeros. Dos soldados estaban en los asientos traseros, aturdidos y preguntándose qué diablos había pasado. Del conductor y el acompañante mejor no hablar, se habían comido la peor parte del impacto, y el hombre de la ametralladora en el techo había quedado inconsciente y con heridas de importancia en las piernas.

Apercibido de la situación, cerró su tercer ojo mental, aunque no sin antes sentir, de modo fugaz, que alguien lo sondeaba. Intrigado, reactivó su percepción sobrenatural y localizó a dos personas levitando en el cielo. ¿Tendrían que ver con la emboscada? Daba igual, no tenía mucho tiempo para entretenerse en eso.

Sin dudar, abrió primero la puerta trasera izquierda y sacó al hombre que estaba en ese lado. El soldado logró quedarse de pie, poniéndose a cubierto detrás del vehículo defenestrado. Repitió la operación por la derecha y se metió dentro. Confirmó el nulo pulso de los muertos y se centró en atender al hombre en el techo mientras los tanques se entretenían en disparar sin puntería al resto de la caravana. Conrado optó por la vía rápida, usando su poder, para cerrar las hemorragias en las extremidades del soldado inconsciente. Al acabar, llamó a los soldados que había dejado detrás. No tenían más que rasguños y le ayudaron a sacar al tercer superviviente.

—Ahora vamos a llevar a este hombre a ese lado de la carretera, con los nuestros —les dijo cuando estuvieron fuera del coche—. Tú, déjame tu fusil y lleva a este en brazos, yo y...
—Gutiérrez, mi capitán —aclaró el aludido.
—Yo y Gutiérrez te cubrimos. ¡Andando!

Los soldados asintieron extrañados. ¿Por qué no llevaba él al hombre herido? No discutieron y Conrado hizo que marcharan delante suyo hacia donde les había indicado. Unos pasos después se detuvo, hincó la rodilla en tierra y apuntó con cuidado a uno de los tanques, justo al que se había percatado de lo que estaban haciendo. Musitó un hechizo que encantó los proyectiles del arma y cambió el modo de fuego a individual. Se relajó, quitó el seguro y disparó. Con su visión remota guió la bala y la hizo atravesar el blindado enemigo como si fuera mantequilla, detonando su munición e incendiando su combustible. Conrado no se entretuvo mientras explotaba el primero, acto seguido disparaba al segundo tanque destruyéndolo de la misma forma.

Tras esa acción, corrió hacia donde había aparcado el sargento su VAMTAC, tras el que se habían refugiado los soldados que había ayudado. Le miraban alucinados, y no en vano. Acababa de destruir de dos simples disparos de fusil a unos carros de combate. El se encogió de hombros y sonrió, devolviendo el arma a su dueño.

—Disfrútenlo en lo que vale, caballeros. No tenía ganas de esperar al apoyo aéreo —dijo mientras se agachaba para revisar al soldado inconsciente. Respiraba y el pulso era estable, saldría de esta—. Acomoden a este hombre en uno de los camiones, con las piernas estiradas, y terminen de vendarle las heridas. Ah, y todavía hay que sacar los cuerpos que han quedado allí. Vaya con un par de hombres a ver si pueden hacerlo, sargento.

Se levantó de nuevo y caminó rápido hacia los otros vehículos que estaban cerca. Suponía que ya habrían pedido ayuda por radio y que estaría por venir, lo habitual en esos casos. No, no era el conseguir refuerzos lo que intrigaba a su mente en ese momento. No había señal alguna de guerrilleros a pie, cosa rara para su gusto. Se encontró con el teniente Sierra, quien le saludó sin poder reprimir un gesto de extrañeza en su cara. También había visto su hazaña inexplicable.

—¿Heridos, teniente? —inquirió Vega, intentando desviar la atención del asunto.
—Eh... No, mi capitán. Tenían muy mala puntería —respondió el oficial, tras lo que no tardó en hacer la pregunta que Conrado sabía inevitable—. Disculpe, mi capitán pero... ¿Cómo lo ha hecho?

El hombre señaló vagamente hacia donde estaban los tanques reventados, y calló esperando una respuesta imposible. Conrado le miró en silencio, dilucidando qué rayos contestarle, pero una muda expresión de asombro del teniente lo hizo mirar tras de sí. Dos mujeres estaban aterrizando con suavidad cerca de donde estaban, levantando un poco de polvo. El teniente y algunos soldados que andaban cerca echaron mano de sus armas, y con razón. Que unas desconocidas bajaran flotando del cielo no invitaba precisamente a la confianza. Conrado hizo bajar su automática al teniente, negando en silencio con la cabeza y comenzó a andar hacia las desconocidas.

—¡Bajen las armas y prepárense para largarnos de aquí! —gritó a los otros militares— ¡Teniente! ¡Que los vehículos vuelvan a la carretera!

Los hombres dudaron un momento, pero la expresión severa de su capitán les hizo cumplir las órdenes. Conrado llego a donde esas mujeres habían tocado tierra y las encaró, encajando el pulgar de una mano en su cinto y con la otra señalándolas con el índice, moviéndolo como si fuera a darlas una reprimenda.

—Ustedes dos debieran ser más discretas. No es inteligente poner nerviosos a soldados armados.
—Usted tampoco está posición de dar consejos, ¿cómo explica lo de esos tanques?

Quien le hablaba era la mujer que parecía más mayor. Su rostro, de piel lisa y blanca, estaba enmarcado por una larga melena intensamente negra. Sus ojos azules parecían arder, como si estuvieran al límite por contener una voluntad intensa y de gran poder. Desde sus labios finos y rosados una voz firme se pronunciaba con decisión y severidad. Conrado no se dejó impresionar, bien sabía tratarse con aquellos que eran como él.

—Miren señoritas, no sé que quieren ustedes y aquí ya tengo bastantes problemas...
—Ha de venir con nosotras, señor —le interrumpió de repente la otra mujer.

Clavó los ojos en la mirada ambarina de quien se había atrevido a decirle eso. Seguidamente, reparó en su piel negra y su increíblemente natural pelo blanco, además de su manifiesta juventud. Podría no tener siquiera los dieciocho pero atrevía a darle una orden. ¡A él! Notaba como su sangre empezaba a hervir, lentamente. Nada de esa situación tenía sentido y debía sacar a su tropa de allí cuanto antes. ¿Qué rayos querían de él? Retomó la palabra la mujer pálida.

—Por favor, déjeme que le explique —Su voz seguía siendo seria pero había un tono más conciliador en ella—. En unos meses se anunciará de forma oficial la existencia de humanos como nosotros, con poderes sobrenaturales. Con ese anuncio, también se pondrá en marcha una ley que nos obligará a estar registrados en cualquiera de las organizaciones de magos que existen, por ahora, en secreto.
—¿Y vosotras venís a llevarme al registro? —replicó Vega con suspicacia, era la primera noticia que tenía de todo eso.
—Algo así, capitán... ¿Vega? —de repente, la mujer se dio cuenta de algo. Ese apellido escrito en el uniforme del militar la sonaba. Miró con atención la cara de Conrado, analizando sus facciones curtidas, explorando sus recuerdos de años atrás. De súbito, sus ojos acabaron abriéndose como platos y la boca entreabierta. No se podía creer a quien tenía delante—. ¿Conrado? ¡Conrado Vega!

Retrocedió un paso, como si la mera presencia del capitán la pudiera quemar. Su joven compañera la miró intrigada, nunca había visto así de asombrada a su mentora.

—¿Maestra, le conoce? —la interrogó la chica, poniéndose a su lado.

Conrado también estaba sorprendido, pero el teniente Sierra se acercó a donde estaba y le recordó el presente. La columna se había repuesto y habían retirado de la carretera el vehículo perdido, no sin antes recuperar los cuerpos de los caídos y todo lo que fuera aprovechable.

—Señoritas, ha sido un placer pero nos tenemos que ir —se despidió Vega, sarcástico—. Tengan cuidado al volar, no sea que choquen con uno de nuestros pájaros de guerra.

Conrado se dio la vuelta y empezó a correr hacia la carretera, ya había perdido tiempo suficiente con ellas. Sin embargo, no le sería tan fácil dejar el asunto atrás. Cuando llegó a su vehículo el sargento le indicó que lo estaban siguiendo. Increpó entre dientes y mandó cambiar de vehículo a los soldados que iban en la parte de atrás. Las mujeres llegaron a su altura y las invitó a entrar sujetándolas la puerta en un gesto rutinario. Se montó en el lado del copiloto y llamó por radio al resto de unidades, ordenando el inicio de la marcha. Dejó el micro en su sitio y se giró para mirar a sus inesperadas acompañantes.

—Ahora qué, ¿me van a explicar qué pasa? O van a seguir mareándome la perdiz todo el día.
—Sé quien es usted—afirmó la mujer pálida—. Fue mi maestro, hará unos diez años.

Conrado enarcó una ceja. Rebuscó en su memoria y encontró el recuerdo del último grupo de estudiantes a los que había dado clase. Maldita sea, se dijo, sí que había pasado tiempo. Se acordó después de una adolescente muy seria y aplicada, con gran potencial, que solía preguntarle mucho. ¿Era ella esa chica?

—¡Ah! Espera. Tú no seras Hendrika... ¿Borst?
— Sí. Pensaba que había muerto, maestro —confirmó ella con una leve sonrisa. La gustó que la recordara.
—¿Yo? Es pronto... —el sargento le interrumpió, el convoy se paraba—. ¿Qué? ¡Ah! Los condenados tanques.

Ni se molestó en avisar a nadie cuando, a la vez que chasqueaba los dedos de su diestra, volteó repentinamente los blindados sobre los laterales de la carretera. Con un estruendo, ambos se convirtieron en montones humeantes de metal y polvo, y el paso quedó desbloqueado. Por radio mandó reanudar la marcha y continuó hablando como si nada hubiera pasado.

—Veo que te ha ido bien desde entonces, pero ya hablaremos de eso. Ahora contadme qué es eso del registro.

Hendrika se había quedado impactada por esa acción resuelta del capitán, lo que hizo que su joven compañera se adelantara a responder.

—Para el registro hay que llevarle a un laboratorio de la organización. Allí le harán pruebas de sus poderes y le implantarán un dispositivo identificador —la chica terminó hablando más despacio según veía la mala cara que estaba poniendo el hombre.

Tras un instante en suspenso, Conrado se dirigió a ella con deliberada brusquedad.

—¿Cómo se llama, señorita?
—Lesedi, sin apellidos —respondió ella, tras dar un respingo.
—Muy bien, Lesedi Sinapellidos. ¿Te parece normal capturar a un individuo, llevarlo al laboratorio de una organización privada y tratarle como a una rata de laboratorio, así sin más?

La pregunta la pilló desprevenida del todo, hasta entonces no había reparado en otra perspectiva que la dada por la organización para la que trabajaba. Conrado la miraba fijamente esperando una respuesta.

—Dicho así... no suena bien —replicó dubitativa Lesedi, y la pobre se quedó callada. Había perdido de repente toda su locuacidad.
—Tranquila, no voy en contra tuya. Pero has de darte cuenta que eso es ilegal y más bien propio de dictaduras.
—Será legal pronto —apuntó Hendrika—. En unos meses, se anunciará en la ONU la existencia de humanos como nosotros. Y el consejo de seguridad votará también una legislación internacional para tenernos controlados.

El rostro de Conrado demudó a una expresión mezcla de cabreo e indignación.

—Desgraciados... Y gente como vosotras les está adelantando el trabajo, ¿no?

Hendrika también quedó en silencio y mirando al infinito, pensativa. Conrado se sentó bien en su asiento e intentó enfriar sus ánimos. Todavía tenían que llegar a la base y recordó que no había preguntado sobre si tendrían apoyo o qué. Llamó al coche del teniente Sierra por radio.

—No han contestado, mi capitán. Lo he intentado varias veces y no hay respuesta.

Tras oír eso, el ataque de los tanques cobró sentido en su mente. Habrían aislado a la base bloqueando todas las rutas que llegaran a ella y, seguramente, ya estaría siendo asaltada. Cerró los ojos y expandió su percepción sobrenatural, saltando los kilómetros que les separaban de la base en un instante. La visión del otro lado de la realidad era un tanto difuminada, y le costó un poco distinguir el lugar, pero lo encontró. Allí vislumbró la energía vital de mucha gente, vibrando por las emociones provocadas por el combate, y, en un lugar apartado de la lucha, alguien inmóvil. Su luz brillaba muy intensa y concentrada, como esperando el momento propicio para manifestarse en toda su gloria.

Ese hombre, porque estaba seguro de que lo sería, tenia poder. Una cantidad exagerada de él. Abrió los ojos, sabiendo lo que debía hacer. No dejaría al convoy exponerse a ese riesgo, debía liquidar a ese individuo por su cuenta antes de dejarles entrar en combate con los insurgentes. Mando parar la columna, se bajó del coche y miró al horizonte, hacia donde debía partir. El teniente se acercó corriendo y Conrado le dijo sólo una frase.

—Distribúyanse en formación defensiva fuera de la carretera y espérenme aquí hasta que los avise.

Nada más dar la orden, caminó unos pasos y desapareció convertido en un intenso relámpago blanco que se proyectó al cielo. El trueno resultante dejó ensordecidos un instante a los que estaban cerca, además de anonadados. Ni siquiera Hendrika había esperado ver jamás un hechizo semejante, el poder y autocontrol implicados resultaban abrumadores incluso para ella. Aún aturdida, cogió a Lesedi por el brazo y salieron del coche. Tras invertir un momento en despejarse la cabeza del ruido, detectaron donde había ido Conrado y salieron, literalmente, volando en pos de él. Un doble estallido sónico fue lo último que oyeron de ellas los sorprendidos militares que quedaron atrás.

No tardaron más que un par de minutos en llegar al lugar. Lesedi miró con asombro el combate desatado bajo sus pies, nunca había visto nada así. Se fijó en los helicópteros derribados, en las columnas de humo que surgían de la base, los muros defensivos reventados. Los cadáveres. Un escalofrío la recordó que eso era real, los muertos eran reales, las balas y las explosiones mataban de verdad. Y ellas se iba a tener que meter en ese fregado.

Hendrika llamó su atención y la indicó que mirase hacía un lugar apartado de la batalla. Destellos de luz y corrientes polvorientas de aire delataron el sitio donde Conrado Vega se estaba enfrentando a un hechicero desconocido.

—El capitán está peleando contra nuestro objetivo, Lesedi. ¿Lo sientes?

La chica se concentró un momento y asintió. Después miró directamente a su mentora, esperando una respuesta a su muda pero obvia pregunta.

—Tenemos que cumplir con nuestra tarea, y quizá podamos llevarnos al capitán Vega también.
—No tiene pinta de que se vaya a dejar, maestra.

Hendrika la sonrió, su pupila tenía razón. Una tremenda detonación silenció el campo de batalla y las hizo mirar de nuevo a donde estaba luchando Conrado. Había aparecido un denso hongo de polvo y humo, el cual trepaba a los cielos desde un enorme cráter sobre el que llovían fragmentos de tierra y rocas. Acto seguido, una larga serie de fogonazos iluminaron el interior de la nube, iluminando sus diversas capas, restallando de modo brutal. Sentían como ese combate estaba yendo a más, alcanzando unas cotas que jamás habrían creído posibles.

—Lesedi, tenemos que detenerlos. Si siguen así, van a matar a todos los que están aquí —dijo Hendrika a su aprendiz—. Tú encárgate el capitán, yo intentaré reducir al otro.

Con un asentimiento de cabeza, ambas se lanzaron en picado al interior de la vorágine espiral en la que se estaba convirtiendo la nube del cráter. Apenas podían ver nada y Lesedi no se dio cuenta de cuando Hendrika se había separado de ella. Se centró en encontrar al capitán, lo sentía justo en el interior de esa tormenta terrosa.

De repente entró a un enorme espacio vacío, en cuyo centro distinguió a Conrado. Estaba rodeado de un increíble campo eléctrico con forma esférica, del que brotaban haces relampagueantes. Otros rayos caían sobre él aunque eran asimilados por el halo y devueltos con mayor intensidad. El capitán estaba en tensión, con los puños apretados. Su rival era más hábil de lo que había pensado al principio. Lesedi se acercó todo lo que pudo y empezó a gritarle, haciendo gestos con las manos.

—¡Capitán! ¡Capitán! ¡Basta!

Los ojos de Conrado eran una muda advertencia para que se largara, pero ella insistía y tuvo que responderla.

—¡Vete, maldita sea! ¡Te va a dar!
—¡Capitán! ¡Van a...!

Lesedi no pudo terminar, un haz coherente la alcanzó de lleno por la espalda. Apenas tuvo tiempo de mirar el boquete humeante y sanguinolento que había sustituido a su estómago, sus ojos se apagaron y cayó a plomo, desapareciendo entre las corrientes de polvo y restos que volaban debajo. Conrado tardó un instante en decidirse pero, ahogando una maldición, se lanzó en pos de ella. La cogió al vuelo y salió de la tormenta, hacia el hospital de campaña que había en la base.

Hendrika había percibido la caída de Lesedi y cómo Conrado había ido en su busca, pero optó por esperar. El objetivo parecía no darse cuenta de que ella estaba al acecho y quizá creería que había abatido al capitán. Podría ser la única oportunidad que tendría para reducir a ese sujeto. De repente, los vientos se calmaron haciendo que todo el polvo, los trozos de tierra y las piedras, se convirtieran en una peligrosa lluvia de restos. Ella siguió esperando bajo esa extraña precipitación, con su halo defensivo rechazando cualquier impacto. Todavía no podía verlo, así que cerró los ojos para localizarlo. Lo encontró, estaba sobre ella, todavía concentrando una cantidad ingente de poder. Era increíble, no daba muestras de flaqueza tras el anterior derroche de energía.

Ella, con absoluto sigilo, aprovechó que todavía había polvo en el aire para ascender. Llegó a la altura de su objetivo, y ejecutó un hechizo de apresamiento. Tras un instante, una silueta aparentemente inerte se acercó a ella flotando, como esperaba. Vio que parecía ser un hombre de aquella región, vestido con ropas típicas además de lucir una barba que le cubría la cara. De repente, la presunta presa abrió los ojos y una luz brotó entre ellos. Al segundo siguiente Hendrika había salido despedida a gran velocidad, acabando incrustada en una colina cercana. El hombre ni se molestó en comprobar si había acabado con ella, era Conrado quien le preocupaba.

No podía ser que hubiera otro con tanto poder como él, y menos un infiel. Él era el elegido de Dios. Su mente fervorosa intentaba encontrar una explicación a esa anomalía, pero sólo halló una. Era una prueba más para su fe, era su rito de paso para demostrar su liderazgo sobre los suyos y su derecho a ser profeta de su religión. No cabía duda, demostraría su valía. Detectó a Conrado y se lanzó hacia donde se encontraba. Era una tienda grande en el interior de esa base llena de infieles, marcada con el símbolo pagano de la cruz. Entró con los ojos muy abiertos, sus ropajes amplios ondeando al viento que irrumpía con él en la estancia. Alguien tuvo el valor de dirigirse a él sin muchos miramientos, en un tono en el que percibió una indignante burla hacía él.

—Idiota, ¿pasas o te quedas fuera?

Esa voz, cuyo idioma no entendía, provenía de aquel desgraciado que se había atrevido a pelear con él. Estaba inclinado sobre una cama, imponiendo sus manos sobre el estómago de lo que parecía ser una joven hermosa. ¿La estaba curando? ¿Era a ella a quien había abatido? No importaba, ese infiel moriría y a ella la tomaría como esposa, justa recompensa después de tantos esfuerzos.

—Ni te acerques, muchacho. O te vuelo la cabeza.

Ahora había amenaza en esa voz, nada de miedo, ni asomo de duda o agitación. Sólo amenaza y absoluta confianza en lo que decía. El elegido sonrió, ese insensato todavía no había visto nada de lo que era capaz de hacer. Se dignó a ir caminando, despacio, hacia donde estaba ese condenado y extendió sus manos. Lo mataría de forma agónica, manipulando su carne como si fuera de barro. Invocó el poder, lo proyectó sobre Conrado y... Nada. Lo hizo otra vez. Y otra. Y otra más. ¡No hacía efecto! Miró sus manos, incrédulo. ¿Qué estaba pasando?

—Te dije que no te acercaras, alma de cántaro.

Era la voz de su enemigo a su espalda. Sonaba fría, letal. Miró a la cama otra vez, ¡vacía! ¿Una ilusión? Se dio la vuelta, decidido, y se encontró una pistola encañonando su cara. Parpadeo perplejo un instante, no se había esperado semejante estupidez. Invocó mentalmente una potente defensa mágica y puso sus brazos en cruz, con una enorme sonrisa en la boca. Esa sería la prueba final, su poder se demostraría absoluto ante el infiel y le haría postrarse a sus pies antes de matarlo. Conrado ni pestañeo antes de descerrajarle un tiro llameante en el corazón. El proyectil encantado destrozó la barrera sobrenatural del hombre y lo atravesó de parte a parte.

El hombre cayó de rodillas, con el rostro desencajado por la incredulidad. ¡Cómo era posible! ¡Vencido por un arma vulgar! Con un gran esfuerzo miró a Conrado a la cara, intentando alcanzarle con su diestra, mientras se tanteaba la herida mortal con la otra mano. Fue en ese momento cuando percibió, por un instante, el terrible poder que había tras esos ojos marrones. Después, la oscuridad, traída por una bala en la cabeza.

Un buen rato después, una tambaleante Hendrika aparecía por la puerta del hospital de campaña. Había sobrevivido a su encuentro con el mago descontrolado, pero estaba muy magullada y dolorida. Miró adentro, hacia donde había percibido el último fogonazo de poder de quien fuera su objetivo. Una mano en el hombro la hizo girarse a su derecha, era Conrado. Cerca de él estaba Lesedi, tumbada en la cama sobre la que él la había atendido. Una fea cicatriz marcaba el lugar donde había impactado el rayo que casi la liquida.

—Tardará en curar del todo, pero se repondrá —dijo Conrado con seriedad—. Por cierto, siéntate aquí.
—Donde está —empezó a decir Hendrika mientras trastabillaba al colocarse en el taburete que le ofrecían. La costaba respirar y un fuerte dolor en el pecho la hacía hablar entre resuellos—. Lo percibí aquí.

Conrado la puso su mano sobre el esternón e invocó su poder curativo, extinguiendo el dolor pero trayendo un enorme cansancio a la bruja. Casi se desmaya en el sitio, pero su antiguo maestro la sujetó.

—Sí que te dio fuerte el amigo... Mira —Conrado señaló un bulto cubierto por una manta sobre una cama—, ahí está. Supongo que veníais por él y no esperabais encontraros conmigo, ¿no?

Hendrika asintió como si la costara un gran esfuerzo. Conrado cogió algo de una mesilla cercana y se lo mostró. Era una cápsula metálica con runas grabadas y hebras que brotaban de sus extremos.

—Esto se lo he extraído a Lesedi. Además de identificaros, sirve también para limitar vuestro poder al gusto de vuestros jefes. Peor aún, parece que es configurable incluso después de injertado. Si quieren dejarte sin magia o tonto perdido, lo pueden hacer sin mancharse las manos.

Hendrika le miró a la cara, mientras intentaba asimilar el engaño al que había sido sometida por quienes creía amigos. Sus ojos eran dos mares azulados de lagrimas, había expuesto su vida y la de su aprendiz por nada.

—Esto no puede seguir así, maestro —logró decir ella al fin, impelida por la cólera que sentía.

Conrado se levantó y fue al pasillo que formaban las camas. Desde ahí miró al exterior, pensativo. Se giró hacia Hendrika y, con una elegante sonrisa de bribón, la respondió.

—No saben lo que se les viene encima.