10/10/2012

La joya engastada en su memoria

En mayo se convocó el X Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2012. Fue publicado en el blog Certámenes Literarios miNatura, junto a los de otros participantes. Ahora mismo sólo permanencen el ganador y los finalistas, así pues, y para dar algo de vidilla a este blog que tengo tan abandonado últimamente (ya saben, la vida real y la digital acaban colisionando en el tiempo), dejo aquí el relato para siga expuesto al público. Dejen su opinión si quieren.

La ilustración que acompaña a este texto es de Álex Martínez. Llamada El árbol de la vida, fue lo más cercano que encontré al concepto de lo que este breve relato intenta contar.
La joya engastada en su memoria

—Hola Darío. ¿Preparado para el volcado?

—Que tal, Moneta. No queda más remedio, adelante con ello.

—De acuerdo, mmm... Tu memoria ha mejorado bastante, no hará falta borrar demasiado esta vez. Bastará con un siglo, aproximadamente. ¿Procedo?

—Sin dudarlo, mi diosa. ¿Hice algo interesante en esos años?

—Nada fuera de lo habitual. Luchar en unas cuantas batallas de escala épica, otras no tanto, asentar colonias... Oh, vaya. Hay alguien especial. Mira que encanto de mujer.

—Maldita sea, Selintie. Al final acabaste enterrada en mi memoria. Como los demás...

—Puedo purgar un par de años más y dejarte sus recuerdos... ¿Darío?

—No, borra el siglo. Seguro que traje un escán de Selintie por entonces ¿no? Ella se merece una nueva vida. Vuelcala en un buen androide y dótala también de mis recuerdos de esa época. Después ejecuta la purga guardando lo demás, como siempre.

—De acuerdo Darío. Terminaré todo en un par de horas. Ahora relájate...

Moneta no se equivocó en su estimación y dos horas después Darío estaba incorporándose en el asiento. Con los pies en el suelo, sus manos entrelazadas frente a él y los brazos apoyados en sus piernas, se quedó mirando al suelo, abatido. De alguna forma su cuerpo sentía que había perdido algo muy querido, y le dolía. Demasiado.

Siempre era así con la purga. Era la maldita contrapartida de ser inmortal pero no tener una memoria ilimitada. Otros optaban por olvidar sin miramientos, pero él no. Él quería conservar esos recuerdos y usaba a Moneta para ello, su creación más personal.

Un siseo le llamó la atención y la vio entrar. Era la viva imagen de la mujer que Moneta le había mostrado antes. ¿Cual era su nombre? La pobre, confundida, intentaba reconocer la estancia. Al final, sus preciosos ojos acabaron encontrándose con los de él.

—¿Darío? —exclamó la androide, llevándose una mano cerrada al pecho— ¿Pero qué...?

Con su mejor sonrisa, Darío se levantó. Era hora de conocer a la hermosa desconocida.

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