9/23/2013

¿Quién se lamenta por la ciencia ficción?


Yo no, aunque hubo un tiempo en el que sí me tomaba el respeto al género más a pecho. Supongo que quedan seguidores que todavía mantienen ese fervor. Lectores veteranos que han invertido años en leer ciencia ficción y hoy día se encuentran con que hay una especie de vergüenza generalizada a llamarla por su nombre. Ahora lo que se usa son descendientes o sucedáneos: todo son fantasías distópicas, romances paranormales, ucronías urbanas o cualquier otro término churrigueresco que pueda inventar el marketing. Es lo que toca en la era de lo políticamente correcto, el lenguaje vacuo pero retorcido y el desprecio a las humanidades. Quizá François Baranger no tenga reparos en calificar la ilustración que encabeza este artículo —su obra Dominium ready to cast off— como lo que parece. Por mi parte, quizá no esté muy preocupado por la conservación y uso apropiado de la etiqueta ciencia ficción, pero sí me puedo permitir hablar del asunto.

He hecho un pequeño experimento. He comprobado cuántos de los libros del género que tengo en mi ínfima colección llevan, en alguna parte de sus tapas, las palabras malditas. Ha sido algo sorprendente para mí al encontrar más de los que esperaba, aunque son muchos los que no las tienen. Por ejemplo, en ninguno de los volúmenes de la saga de la Fundación de Isaac Asimov publicados por Plaza & Janés en su colección Jet aparece destacado el dúo "ciencia ficción". Lo mismo ocurre con los títulos que poseo de Stanislav Lem, un par de ellos publicados por Minotauro y el otro por Punto de Lectura. No me vale que hayan sido sacados por un sello especializado: el común de los mortales no tienen ni repajorera idea de que Minotauro es una marca centrada en ciertos géneros. Donde sí lo he visto indicado es en la portada de El libro del día del juicio final de Connie Willis, publicado por Zeta dentro de su colección Nova. También poseo la saga de Hyperion, escrita por Dan Simmons y publicada por Ediciones B en su colección Byblos. En la parte inferior de cada contraportada, las palabras "ciencia ficción" aparecen —en una fuente bastante pequeña— integradas en el logo de la colección.

La primera conclusión que puedo extraer de esa limitada muestra es que el término sí que ha sido usado, hasta fechas bastante recientes, por sellos de relevancia. La segunda es que no es algo excesivamente importante; quienes buscan ciencia ficción saben identificarla con cierta facilidad sin necesidad de que se lo indiquen con luces de neón. Esto es cierto para cualquier otro género, da igual el medio. Sabemos reconocer los productos que queremos conseguir, ya sean en forma de libros, videojuegos o películas. No los reconocemos por ciencia ficción per sé, sino por ser de un autor concreto o formar parte de sagas o franquicias conocidas. Sospecho que poca gente llega a una librería y pide al dependiente medio kilo de "ciencia ficción", en lonchas a ser posible. Buscamos títulos concretos, escritores recomendados, series de renombre.

Pareciera que el término pudiera jubilarse ya, que los lectores buscan y encuentran narrativa de ciencia ficción —y de cualquier otro género— sin importar mucho cómo se la etiquete. Así es que tenemos hoy día tanta abundancia de distopías futuristas, una rama que se ha desgajado del tronco principal en el que creció. ¿Cuál es el problema? ¿Un mero asunto de marketing, una moda? Sí, pero veo algo más que eso. Una evolución, tanto dentro del propio género como de las sociedades que la han generado, y una cuestión práctica.

Es un buen momento para mencionar el artículo que me ha inspirado escribir toda esta parrafada: El nombre de la cosa. Para el autor, alguien identificado como Kaplan en el blog, la ciencia ficción está en riesgo de desaparecer por la dejadez que hay al categorizar a las obras de este género. Para ello da un buen ejemplo y después se centra en el abuso actual que hay sobre el término "distopía", punto en el que no le falta razón. Pero aún hay más cosas que hacen ser asimilado a un género centenario por sus muchos hijos y su prima la fantasía. Las propias sociedades en las que creció la ciencia ficción han cambiado, y mucho.

Hoy día los países occidentales albergan culturas muy tecnificadas, algo que realmente explotó en la década de 1980. Ya saben, los primeros ordenadores personales, el walkman, los cedés, los primeros teléfonos móviles, internet. El avance científico nos ha hecho cambiar de una forma que las generaciones nacidas en el siglo XXI no son capaces de apreciar si no se les explica. No ocurre así con los que nacimos en esa década tan particular. Hemos vivido la transición de pasar de ver tecnologías que sólo aparecían en las películas a usarlas en nuestro día a día. Peor aún, vemos incluso cómo son eliminadas por otras más avanzadas en cuestión de años. Nos hemos acostumbrado a la actualización, tenemos la certeza de que la ciencia —tamizada por los intereses de las malvadas macrocorporaciones privadas, claro está— nos traerá algo nuevo en no muchos años. El avance científico no impresiona tanto como lo hacía ochenta años atrás, aunque siempre surgen sorpresas en campos muy diversos. En muchos aspectos, vivimos la ciencia ficción y algunos ni se dan cuenta. Por eso, usar el término para hablar sobre lo que vendrá ya no tiene mucho sentido. La realidad está superando, de forma a veces inesperada, a la ficción científica con frecuencia. Quizá esto explique también el auge de la fantasía en las últimas décadas: lo extraordinario debe estar más allá de los límites de la ciencia humana.

Soy consciente de que este razonamiento puede sonar peregrino, así que aquí va otro: economía del lenguaje. Ciertos subgéneros han nacido en la ciencia ficción y ya se sabe al oir su nombre de qué van. Si digo "space opera" o "viaje en el tiempo", por lo general se sobreentiende que su base es EL género. No hace falta decir "esto es una obra space opera de ciencia ficción", es redundante. Así la ciencia ficción se convierte más en un concepto, una idea básica que se asume como el agua en una sopa. Tu pides sopa, no un plato de agua con granos de pasta y aditivos. Podemos olvidarnos entonces de usar el término para clasificar, ¿no? Pues no, no podemos.

Para hacer sopa necesitas agua, es innegociable. En las instrucciones del sobre te viene hasta la cantidad que necesitas. Y para hacer una historia que use con cierto rigor naves espaciales, robots o biologías extrañas la ciencia ficción es el componente esencial. Y está bien indicarlo, especialmente con tanta mezcla de temáticas como se hace hoy día —en realidad siempre ha sido así—. La cuestión es el cómo. Por suerte, la técnica ya existe: me refiero al etiquetado o tagging.

Nacido en internet, es la mejor forma de asegurar la pervivencia del término ciencia ficción. Además permite la clasificación mixta de una obra. Por ejemplo, cómo clasificaría yo el primer libro de Hyperion usando tags. Sería algo así: ciencia ficción, misterio, teletransporte, cruciforme. Perdónenme si no lo he hecho muy bien, hace tiempo que lo leí, pero creo que entienden la idea. Esto es lo habitual en la web hoy día, un truco tecnológico sencillo pero inteligente para clasificar contenidos de todo tipo. Ahora bien, cómo trasladarlo a los libros físicos (o cualquier otro medio material). No creo que les sorprenda saber que también existe la forma.

Los videojuegos en Europa se clasifican con el sistema PEGI, un conjunto de marcas que indican qué ofrece un producto de entretenimiento. Ojo, no indican el género, sólo si es violento, online y cosas así. Pero esta idea se podría extender para indicar lo que es el contenido de un libro o película. Creo además que lo único complejo de este asunto sería decidir cuál sería el dibujo que podría representar mejor al concepto de ciencia ficción (y al de religión quizá). Podría acabar siendo incluso un debate encendido, una batalla campal digital.

Suponiendo que tuvieramos esa forma de clasificar establecida y disponible, aún quedaría otro problema: su uso. Que tenga éxito y funcione como es debido depende totalmente de nosotros. Debemos etiquetar con buen criterio y cierta reserva incluso. Sólo hay que destacar lo muy relevante, sin excesos; una política que también se aplica en internet. Entre tres y cinco etiquetas suelen ser suficientes, poner más acaba siendo un despropósito.

Quiero que perdure el término "ciencia ficción", siento que todavía es necesario. Es un concepto tan particular que no nos podemos permitir su pérdida. En otro artículo hablaré sobre su definición, incluso me atreveré en dar la mía (algo que ya hice, quizá no muy bien, al final de esta vieja entrada). Así que nada de lamentaciones, la ciencia ficción es un hueso duro de roer. Sólo necesita que no nos olvidemos de ella y la reivindiquemos sin fanatismos o miedos al qué dirán.

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