11/11/2013

Y llegó con la lluvia

De todo lo que he leído de ficción científica una de las sensaciones que me ha dejado es que los sentimientos de los personajes se muestran de una forma un tanto rígida. Esto depende de autores y obras, por supuesto, pero la impresión de que lo científico da una pátina de frialdad y distancia a una narración insiste en aparecer en mi mente. Teniendo presente esta idea, cuando se me presentó la oportunidad de participar en el XI concurso de Microcuento Fantástico miNatura de este año, quise escribir una historia de ciencia ficción pero tratando de reforzar el lado más emocional del argumento. De ese intento salió el relato breve que les dejo aquí, la breve historia de un reencuentro bajo la lluvia. No les adelanto más, que es muy corto. La ilustración, titulada A robot girl washes in the rain, es una creación de David Finley.

Y LLEGÓ CON LA LLUVIA

Sus miradas logran encontrarse a través de la confusión ruidosa del chaparrón.

—¿Lo entendiste al fin? —pregunta la mujer, imponiendo su voz sobre la del aguacero.

La androide no parpadea siquiera, impertérrita a las gotas que la calan. Tras unos segundos, responde con palabras perfectamente moduladas.

—La forma no importa. Tampoco el hecho de ser o no orgánico.

La mujer escucha atenta, esperanzada. Su corazón está en un puño, pues siente que se halla cerca el momento. Muy cerca. El ser artificial levanta sus manos, observa como el líquido elemento se derrama sobre sus palmas. Después las cierra y las pone sobre su pecho. Su cara mira al cielo mientras sus palabras empiezan a sonar diferente.

Más cálidas, más emotivas, más... Humanas.

—Es tener voluntad propia, experimentar, compartir, relacionarse con otros. Es... El viaje —baja su rostro y sonríe—. Y yo he viajado mucho.

Esos gestos, muy lejos de la frialdad que mostraba en el pasado, sobrecogen a la mujer. Las palabras, las emociones que se desprenden de su voz... Se acerca a la fémina artificial y la acaricia la mejilla sobre la que se pegan mechones empapados.

No imagina ese momento, está ocurriendo de verdad, pero debe asegurarse.

—¿Ya no tienes dudas? —la pregunta, sin dejar de tocar la suave piel sintética.

Abraza a la humana. Lo hace con el cariño del que no era capaz antes. La habla al oído.

—Las gasté en pagar mi billete de vuelta aquí.

Las lágrimas de la mujer se mezclan con las perlas traslúcidas del cielo. Está irremediablemente feliz. Su creación, su hija, lo ha logrado. Devuelve con fuerza el abrazo y después busca de nuevo ese rostro que tan bien conoce. Esos ojos ya no son inexpresivos, puede percibir a la persona tras ellos. Durante un minuto se miran con intensidad y, finalmente, la mujer encuentra las palabras para colmar ese instante.

—Bienvenida a la especie humana, mi hija.

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