2/03/2016

Exequias de plomo, responso del mar

Durante los años que se aplicó la Ley Seca en los Estados Unidos, las calles de ciudades como Chicago o Nueva York permanecieron, irónicamente, a buen remojo de alcohol y sangre. Pero esa guerra por el dinero y el poder también se hacía en el mar, en botes o barcos del estilo —pero quizá peor pinta— que el de la ilustración. Ron y otros licores se llevaban desde la Havana hasta las costas de Florida, evitando, sobornando o disparando a los guardacostas. Éste no fué un juego exclusivo de hombres, hubo también mujeres que llegaron alto a ambos lados de la ley. Y es en una de ellas en la que me inspiré para hacer el relato que les dejo en esta entrada. Una auténtica dama de armas tomar, se lo aseguro.

EXEQUIAS DE PLOMO, RESPONSO DEL MAR

El sabor del sexo ascendía al cielo nocturno con cada calada. El humo se curvaba rememorando la pasión que el fumador trataba de dejar atrás. Sí, el polvo había sido tremendo, brutal como nadar en lava. Pero eso ya no importaba. Había miles de pavos en ron bajo sus pies, y se lo iba a robar a su dueña por encima de su cadáver.
Un susurro descalzo e inesperado rozó la cubierta. Era Marie que se acercaba a su espalda. Se sintió extraño al pensar que, por suerte, no le había pillado enviando la señal a los otros.

—¿Encuentras tu estrella, Jim?

Él se giró y la dedicó una media sonrisa. Maldita sea, se sentía aún peor cuando esa belleza estaba cerca.

—La verdad es que no. Quizá esté en el fondo del mar —respondió, tirando el agonizante cigarro por la borda.
—Qué pena —apreció ella con suavidad, atrapándolo con su abrazo cálido y sus intensos ojos índigo—. Seguro que no has buscado bien. O quizá te la dejaste entre las sábanas...

Marie dejó caer las palabras con picardía, grabándole un beso más en el cuello arañado por la lujuria pasada. Pero para él esa sensual dulzura ya era incómoda, imposible de soportar.

—Suéltame Marie —la espetó a la vez que se zafaba con rudeza de sus brazos esbeltos—. Se acabó la farsa.
—¿Farsa? ¿Qué quieres decir?

La sorpresa de la mujer se convirtió en desconcierto al notar un centelleo metálico en la mano del hombre. La apuntaba.

—¿Jim?

La voz de ella sonó como si fuera a romperse y un puño, pálido por la presión del miedo, se cerró sobre su pecho. Se apartó de su amante como si no lo reconociera, con pasos inciertos, mientras que su otra mano buscó algo a lo que aferrarse. La penumbra se había vuelto de súbito muy siniestra para la dama.
A él le entristeció verla así, frágil y asustada. Esa no era la impetuosa Marie la Española que había conocido y amado. No era la mujer que navegaba sin miedo llevando ron de Habana a Florida burlando a los guardacostas. Antes que verla derrumbarse del todo, decidió acabar cuanto antes con esa visión patética.

—Lo nuestro ha sido divertido, Marie. —habló Jim al fin, manteniendo a raya su conflicto interior—. Incluso llegué a pensar que lo nuestro podría durar... Pero no quiero acabar como tus otros amantes, encofrado en cemento en el fondo del mar. No es un bonito regalo de despedida.
—¡Jim, espera! ¡No lo entiendes! —gritó ella con timbre desesperado.
—Adiós Marie.

Tres tiros resonaron bajo la noche sin luna, estremeciendo el aire con su eco. Incluso el mar pareció quedar en suspenso tras las detonaciones. Pero restalló un cuarto disparo. Y un quinto, y así hasta que Jim vació el cargador. El contorno vaporoso de la dama no se inmutó, ni mancha de sangre alguna mancilló su largo camisón blanco.

—¿Qué demonios? —exclamó estupefacto.

La conmoción transfiguró la confianza del hombre. Ella desprendió de su rostro la máscara de miedo y enderezó su figura. La luz de un farol cercano se rompió en sombras marcadas sobre el rostro ahora severo de la mujer.

—¡Jim! ¡Sólo me cargo a los imbéciles que me traicionan!

Las palabras cortaron el aire entre ellos. Él levantó la vista y chocó con una mirada que le quemó las entrañas. Ese era el fuego azul de Marie la Española, intenso y astuto. Inmisericorde. Y él había fracasado en apagarlo.

—Esta vez no —replicó Jim sin mucho aplomo, atento a los ruidos que provenían de aquel mar atlántico e indiferente.

Su mente se relajó al oír enseguida un suave chapoteo de palas. Al menos esa parte del plan había seguido adelante. Hombres armados con pistolas subieron a cubierta y, callados como tumbas, rodearon a la pareja. La luz vaga no dejaba a Jim distinguir bien sus rostros, pero se le hizo rara la actitud de los recién llegados. No estaban nerviosos, ni exhibían ansias por llevarse el tesoro líquido de la bodega. Más bien parecían estar aguardando una orden.

—¿Qué estáis esperando? El ron...
—¿Qué hacemos con él, señorita Waite? —cortó en seco uno de aquellos tipos.

La sangre de Jim se congeló en ese mismo instante, mientras que Marie notaba bullir su temperamento en las venas. Alzó la mano para indicar al hombre que esperara.

—¿Sorprendido, Jimmy? —la sorna de la mujer sonó afilada—. Te creíste más listo que yo, y mírate ahora. ¡Oh espera! Si te tengo otra sorpresa... ¡Rolland!

Otro hombre salió de la cabina del yate y la entregó una pistola. Era idéntica al Colt 1903 que aún aferraba Jim en vano. El ánimo del acorralado se hundió más y ella leyó en sus ojos huidizos el terror a una muerte imprevista y demasiado próxima.

—¿La ves? Ésta es tu pistola, cariño.
—Un poco grande para ti, ¿no? —dijo él, desgarbado.
—¿Menospreciándome de nuevo? Qué poco me conoces, Jim —replicó Marie, más fría que la semiautomática que empuñaba—. No te gustaría saber a cuantos he partido el corazón con su propio plomo.

Un ademán autoritario de Marie hizo que el corpulento Rolland la diera un cigarro de su pitillera y se lo encendiera al momento. Ella dio una larga calada, sin dejar de clavar sus iris acerados en el hombre que iba a ejecutar.

—Sujetadlo —ordenó al fin.

Jim no se resistió. Tirarse al agua era tan suicida como enfrentarse a todas esas armas. Quizá peor. Ella se acercó, le plantó el cigarro en la boca y un cálido beso en la mejilla.

—Yo era tu estrella, Jim —le dijo al oído.

Se alejó de él unos pasos y los hombres se apartaron al verla apuntar con firmeza asesina. Jim se limitó a paladear ese último cigarro y a sonreír con amargura.

—¡Cómo! ¿No habrá ataúd de cemento para mí?
—No, cariño. Ya derroché demasiado en tus balas de fogueo.

Tres detonaciones iluminaron brevemente la oscuridad, después empezó el funeral.
Fue breve, algo normal entre tiburones.


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