8/31/2016

Rojo óxido de estío

Es el futuro, uno quizá no tan lejano. Marte. Una colonia que prospera sin conocer realmente la historia de sus orígenes. Una mujer es la única en saberlo, o eso cree. Y en el sur del planeta rojo se levanta una enorme tormenta de polvo...

ROJO ÓXIDO DE ESTÍO

Era feo, pero con encanto. Tanto que Kate no podía dejar de acercarse al mirador para contemplar el enorme bloque de regolito en el exterior. Pulido y estilizado como una quilla contra el tenue viento de Marte, aguantaba estoico la erosión incisiva del polvo, aunque el óxido ya le había contagiado el tono rojizo del planeta. Y pronto le tocaría soportar de nuevo el débil genio de aquel astro desolado. Ya era verano en el hemisferio sur y en aquel territorio lleno de cráteres se había gestado una tormenta planetaria.
Como la de aquel día.
La sangre derramada entonces era su culpa secreta, pero no se arrepentía de ella. Tuvo que elegir entre eso o la ruina absoluta para la colonia, y el tiempo la había dado la razón, aunque para ello tuvo que renunciar a su vida anterior. Así acabó su viejo nombre grabado en el monolito, junto con el de los que sacrificó. Un precio razonable, pensaba ella, para haber llegado tan alto.
Sólo una duda había seguido inquietándola durante años. ¿Qué fue de esa mujer morena? Nunca hallaron su cuerpo, sólo los restos destrozados de su traje de supervivencia. Quizá Marte terminó el trabajo aquel día enterrándola en su piel ajada y polvorienta. O quizá...
Sus pensamientos apenas la dejaron percatarse de la mujer de corto pelo azabache que, discretamente, se puso a su lado. No la prestó atención, muchos gustaban de contemplar el horizonte amarronado a través del vasto mirador. Pero la extraña quiso compartir aquel momento de contemplación con ella.
—La vista es magnífica, pero ese monolito la estropea.
Kate miró sorprendida a la morena, ¿se estaba dirigiendo a ella? No ver a nadie más por ahí cerca la indicó que sí, que la correspondía responderla.
—La verdad es que a mí tampoco me convenció al principio —dijo Kate, sonriendo a la desconocida. Sin embargo, al mirarla de reojo notó en ella algo familiar. ¿Por qué?—, pero ya no me parece tan feo.
—No me molesta su aspecto —objetó la mujer con una dureza inesperada—, sino su inscripción. Tu nombre no debiera estar grabado ahí, Faith.
Un corazón dejó de bombear vida por un instante, el de Kate. ¿Cómo la había llamado? Su mente asustada buscó una explicación, y la encontró rápido.
—¡No puede ser! ¡¿Ju… Julia?!
—Cuanto tiempo, ¿verdad? —la sorna de Julia sonó letal— Sí, Faith, al fin he venido a por ti.
Kate intentó retroceder, alejarse de ese espectro del pasado. Pero la otra mujer fue más rápida.
—No, no —dijo Julia en tono musical, aferrándola por la muñeca—. No puedes irte. ¡Tienes que ver como reviento tu mentira!
Con su mano libre sacó una especie de mando del bolsillo y pulsó un botón enorme. Faith no necesitó explicaciones, era un detonador. Uno igual al que usara años atrás.
La explosión iluminó la sonrisa furiosa de Julia, toda una mueca de venganza. El suelo vibró y el regolito, hecho añicos, ametralló el cristal del mirador.
Faith, aturdida, no fue capaz de zafarse de aquella mujer. La confusión se hizo máxima en el lugar, y peor fue el terror. No pudo más que dejarse llevar por su captora a un acceso de mantenimiento cercano, y allí la mujer la obligó a ponerse un traje de supervivencia. Uno avejentado y mal parcheado que la desconcertó al ver que era del asentamiento original.
—Sí, Faith. Vas a pasear con el traje que me salvó el cuello ese día. ¡Póntelo, vamos!
La costaba caminar con él. Estaba hecho para alguien más grande que Julia incluso. Pero no tuvo tiempo de pensar en ello, fue obligada a punta de pistola a ir lejos del lugar de la explosión y de cualquier posibilidad de rescate. Julia había planeado bien su jugada.
—¡Y ahora qué! —espetó la mujer con dos nombres—. ¿Me vas a ejecutar? ¡Es demasiado tarde! ¡Yo he ganado! ¡Ceranis es algo que esos pirados idealistas nunca hubieran imaginado conseguir jamás!
—¿Y matarlos era la mejor forma de convencerlos, eh? ¿Sólo porque tu ambición era mejor que su sueño?
—¡Su sueño era imposible! ¡Y yo no quería perderlo todo por una maldita utopía!
Las radios transmitieron sus respiraciones entrecortadas, una pausa leve para sus voluntades enfrentadas. Julia negó en silencio, pero su mirada seguía siendo decidida. Se acercó a Faith y la giró, haciéndola encarar el horizonte. Una nube enorme y anaranjada crecía cada vez más próxima.
—¿La ves? También entonces era verano en el sur, y vino una tormenta de polvo —el tono de la mujer era duro, acusador—. Justo como esa. Perfecta para ocultar tu masacre, y para cubrir mi huida de ella... Pero no fue divertido. No, Faith. Caminé kilómetros metida en ese polvo abrasivo que me cegaba y desgastaba mi traje. Sin más agua que la reciclada, y de comer sólo las ganas, logré sobrevivir a pesar de todo. ¡Y juré vengarme, Faith!
Julia la empujó con violencia, haciéndola tropezar. Hubiese mordido el polvo si no hubiera llevado casco. Faith se incorporó con dificultad para encarar de nuevo a la fémina que la mandaba a la muerte.
—¡Mátame de una vez, Julia! ¡O es que no quieres mancharte con mi sangre!
Julia no replicó, primero sacó un enorme puñal de una funda a su espalda y se lo enseñó.
—He aprendido muchas cosas estos años, no quieras que las practique todas contigo —Su amenaza se reflejó roja en el filo del arma—. Si Marte te perdona… ¿Quién sabe? Quizá yo lo haga también.
Faith miró a la mujer, después a la polvareda que se cernía sobre la colonia. Translúcida y deshilachada, velaba los confines de la lejanía. Tenía dos opciones mortales, una cierta y la otra… Se levantó y, sin mirar atrás, comenzó a andar. No era de su gusto dejarse matar sin resistir hasta el final.
Julia simplemente se quedó allí, sentada en un saliente, contemplando cómo la mujer se evaporaba en la borrasca seca y difusa.

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